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Archive for 31 enero 2011

Se sentó lentamente en el borde de su cama, se quedo con la mirada perdida en la pared, como si en ella estuviera la respuesta a alguna de sus preguntas, de pronto, llevo las manos a los bolsillos y busco un papel, el cual desplegó parsimoniosamente sobre sus rodillas, y volvió a leer:

“Hoy he soñado contigo. Hoy he soñado que ya no te quería. Que te veía a lo lejos y no quería verte más cerca. Pero te acercabas… me regalabas una de tus sonrisas tristes y resbalabas sobre mi brazo una de tus caricias lentas. Pero yo no sentía nada. Me mirabas, con esa dulzura melancólica que tienen tus ojos, pero ya no encontraba los míos reflejados en los tuyos. Ya no eras espejo. Ni abismo. Ni peligro. Ni conciencia. Ni deseo. Ni refugio…

Tu voz sonaba igual que el eco del olvido. Intermitente, disonante, lejana, como el rumor falso del mar en el fondo de una caracola, irreal y áspera. Me susurrabas al oído las mismas mentiras de siempre, las que siempre quise creer, pensando que de tanto repetirlas se convertirían en verdades. Pero ahora me sonaban a verdaderas mentiras y sabían como auténticas verdades.

Yo te hablaba siempre de mis sueños ¿Lo recuerdas? Tú decías que casi no soñabas. Le quitabas importancia a los míos. “Sólo son sueños… No hay que hacerles mucho caso” decías; y yo insistía. Te contaba lo reales que eran, te hablaba de los colores, de los lugares, de las palabras, de las sensaciones que soñaba. Y tú te reías diciendo: “cada vez son mas raros tus sueños…”

Hoy he soñado contigo. He soñado que te alejabas llorando cuando te decía que ya no te quería. Que no quería más tus caricias, ni tus sonrisas, ni tus miradas, ni tus abrazos. Que ya no te echaba de menos, ni quería estar a tu lado. Que en tu mundo de miedos te aferrabas a la soledad aunque el corazón te estuviera pidiendo a gritos salir de su oscuridad. Y yo te decía que ya no tengo miedos. Que ya no quiero soledades. Que ya no quiero, sencillamente… ”

Sentía la tibieza de una lagrima recorrer lentamente su mejilla, casi como queriendo acariciarla, y de pronto desprenderse para aterrizar en aquella hoja de papel, dejando una mancha de la fusión propia de una lagrima y tinta, mientras piensa que quizás esto sea lo ultimo él le escriba, lo ultimo que sepa de él…

De pronto, violentamente arruga el papel mientras se para, respira profundo, destruye uno a uno sus intenciones de remediar algo, y piensa que raro él, las cosas que sueña (bah!) … mientras se alejaba llorando.

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Cuando un ser humano pasa por algún acontecimiento nuevo es de esperarse que pase por un proceso, indistintamente si es bueno o malo el mencionado acontecimiento. Este proceso esta estudiado y explicado en libros, y explotado por los psicólogos sobre todo para gente que ha sufrido un acontecimiento extremo, como la perdida de algún ser querido (duelo).

 

Esta semana me ha tocado hablar mucho sobre estos pasos que conforman el proceso, como saben, uno de mis pasatiempos es observar gente, y he logrado identificar que este proceso no necesariamente aplica para un evento extremo, si no para cualquier evento en nuestro día a día, el conocer este proceso, analizarlo, e identificarlo sobre todo en uno mismo es de mucho beneficio y aporta al crecimiento personal y como una interactuar en la sociedad.

 

Este proceso consiste de 6 pasos:

1) Sorpresa 2) Negación 3) Enojo 4) Negociación 5) Depresión 6) Aceptación

 

Les pongo un ejemplo para dejar entender el proceso, y luego les explico la teoría: Supongamos que un día cualquiera en un trabajo cualquiera tu jefe te llama a su oficina, tu vas como acostumbras, y de pronto te dice que estas despedido, y tu dices: ¿Cómo?! (Estas en la etapa de sorpresa) y tu jefe te explicara alguna razón como recorte de personal, o algo así y luego dirás: Tiene que ser una broma, esto no puede ser…. (Ya estas en la etapa de negación) tu jefe continuara explicándote que lamenta mucho, que su amistad, y que no puede hacer nada, etc. etc., y seguramente tu ya sales para tu oficina y dices: carajo, que se ha creído este cretino, como me van a hacer esto, a mi, justo ahora… (Estas molesto, muy molesto) Ya cuando se te pasa la molestia, en casa o luego de hablar con alguien empiezas una conversación (interna o con alguien) más o menos así: bueno, por algo pasan las cosas, ahora podré tener más tiempo para ordenarme, o aplicar en algún trabajo mejor… (Ya estas negociando tu situación). Claro que al día siguiente o a los dos días te vas a encontrar en tu cama tirado, sin ganas de nada diciendo: porque me pasa esto a mi, yo no hice nada malo, ahora quien me va a contratar, que haré… (Deprimido total!) hasta que después de un tiempo terminas en otro trabajo o recuperando tu equilibrio emocional donde ya has aceptado la situación y como se diría popularmente “sigues pa´lante”

 

Ahora, ponte a pensar en la cantidad de veces que este proceso es parte de tus reacciones por ejemplo, cuando tienes una diferencia con alguien, algún problema, recibes una noticia o acto inesperado, desde que te dicen para ser tu novio, pasando por cuando te terminan, entre enterarte que ya tus ex se casa, o que vas a tener un hijo, etc. etc. etc.

 

El problema, para mi, radica en la capacidad de las personas de pasar entre punto y punto. Conozco gente que pasa en instantes de la sorpresa, a la negación, y se estanca mucho tiempo en el enojo, incluso me queda la duda si algún día salieron de ahí con respecto a ese tema. Conozco a otras personas que se quedan mucho tiempo en la etapa de depresión (que considero es la más critica) sin llegar a aceptar nunca lo que le ha acontecido.

 

El solo hecho de estar conciente ya de estos puntos le puede permitir a uno darse cuenta, ante alguna eventualidad que le esta pasando, e intentar, por ejemplo, controlarse cuando esta en la etapa de enojo.

 

El segundo problema esta que en determinados conflictos donde una noticia afecta a las dos partes que la comprenden, al momento de intentar arregla la situación se encuentran en etapas distintas del proceso, uno puede estar negándose aun no que ha pasado, mientras el otro esta enojado, o alguno esta deprimido por lo que paso mientras el otro anda enojado, o mas extremo, alguno ya lo acepto y supero y el otro anda en cualquier etapa anterior.

 

Porque comparto esto, o he hablado con varias personas de esto esta semana, pues para que estén concientes de que todos tenemos un proceso y un tiempo distinto para las cosas, y el entenderlo puede ayudar a uno (desde fuera) a ser parte de la solución o del problema, o quizá también ayudar a darse cuenta uno mismo de lo que acontece, o que ya existió una evolución para determinados casos donde uno ya no puede hacer mucho, por no decir nada.

 

Cualquier fuera el motivo que te trajo aquí, y llegaras hasta esta línea, espero que te sirviera y sea útil esta información.

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Disfruta hoy porque este día será el último que vivas así, mañana, al despertar ve y no mires la maravilla que te rodea durante el viaje a tu trabajo o estudio. Piensa tan sólo en el regreso.   A quien te hable, míralo frió con desden sin responder. Finalmente, a la mujer/hombre que se acerque con voz dulce, dile con gestos de desprecio que su contacto es tosco o inapropiado, y dale la espalda.

 

Cuando regreses no recuerdes nada. A quienes te pregunten por tu día dales la espalda, pero antes haz un gesto despectivo. A la mujer/hombre que aguardó tu vuelta dile que has olvidado su nombre, que en la distancia sólo pesabas en ti mismo y que el tiempo se ha encargado de aniquilar uno a uno los recuerdos, no veas a nadie ni nada, procura transitar por las calles enfocado en tu caminar.

 

Una vez en tu casa, solo y en la penumbra del cuarto más pequeño, cierra bien la puerta y las ventanas, apaga todas las luces menos una pequeña vela. Siéntate en el suelo y niégate a soñar mientras pierdes la mirada en las tinieblas de una esquina, y si un pensamiento agradable aparece, condúcelo hasta la llama de la vela y disfruta ver como se quema.

 

Entonces llegará la noche y, desde la calle los amigos (si tienes) te llamarán asustados. Ignóralos. Y cuando sea la/el dulce amante, que superando el dolor y el daño, te llame, concentra toda tu atención en la vela y sus sombras raras sobre las paredes y sigue guardando silencio.

 

Tras el paso del tiempo, y una vez que todos te han abandonado, sal a hurtadillas y siéntate al amanecer en medio de la calle. Comprobarás, durante el transcurso del día y hasta que la noche llegue, que todos te ignoran, y en sus ojos notarás la mirada de quien te desprecia. Por fin, el silencio será tu única compañía y la soledad tu fiel amante. Así alcanzarás el más infeliz de los egoísmos.

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Les encantaba viajar juntos, era una especie de terapia escaparse de cuando en cuando y montarse en un avión, entusiasmarse haciendo las maletas, comer algo en el aeropuerto, reírse de lo que valga la pena reírse (todo!) y aterrizar. Sus almas sabian que por más que el amor es puro necesita renovarse cuando se envuelve en el día a día y sus que haceres cotidianos los alejan de lo que realmente es importante.

Esta vez escogieron una ciudad pequeña al sur del país, donde una brisa fresca les dio la bienvenida al bajar del avión y luego una ola de calor sofocante los acompañó hasta el pequeño hotel donde se hospedarían, él ya conocía el hotel, reservó la habitación de la cual siempre le hablo y juntos por su alfombrada entrada llegaron hasta su habitación, dejaron sus maletas junto a la cama, decidieron darse una ducha y refrescarse del calor, se bañaron juntos, como siempre, y después de mucho tiempo bailaron en silencio bajo el chorro de agua, sin música, mirándose, enamorados, re encotrados en la silenciosa melodía de sus miradas, ¡¡que miradas!! El pensado que era el rostro más hermoso que ha visto en su vida y ella pensando que ese era uno de los momentos que siempre había soñado vivir.

Hicieron el amor tiernamente entre la ducha y la cama, rieron, hablaron, hasta quedarse dormidos abrazados como lo que son: un solo ser. Ya entrada la tarde, con ropas sueltas y de la mano salieron en busca del almuerzo, llegaron hasta la plaza principal e inmortalizaron el momento en una foto pagada a un muy amable viejito que contaba sus historias mientras intentaba sacar su mejor foto (ahora digital es la cámara decía mientras se reía).

El plan era sencillo: relajarse, esa tarde les entregarían el auto que alquilaron y escogerían los planes para el día siguiente: ir hacia al sur o hacia el norte, cruzar la frontera hacia Arica, Chile, o irían a pasar el día a Ilo, a la playa, al nuevo malecón del que tanto hablan en Tacna…

La verdad es que el lugar no importaba, era la sola idea de ir por la carretera a plena luz de día cantando canciones a voz en cuello mientras el carro se deslizara a ochenta kilómetros por hora y el viento les refresque mientras entra por la ligera rendija que dejaron en las ventanas casi cerradas, ella, por supuesto manejando (por que le encanta) y él, engriéndola, viéndola, cantándole, gozándola. Que importa a donde irían, lo importante es cómo irían.

Terminando la tarde se fueron rumbo a la playa, estacionaron cerca a un restaurante, y bajaron para ver el atardecer sentados en la playa, las familias se estaban retirando ya, y ellos se quedaron cada vez más solos, mudos, mirando el atardecer. De pronto ella le pregunto con soltura, ¿me amas? Y él sin mirarla le dijo, ¿lo dudas? Y ella reflexiono y se llevo la mano al pecho mientras decía, no dudo esto, dudo esto, ahora hacia con una mano círculos, como queriendo dejar dentro de un circulo imaginario el mundo, y él reía, le dijo suave pero firmemente que recuerde siempre que la vida es como un espejo y si rompes ese espejo detrás existe otro, “porque detrás de un espejo siempre hay otro espejo” le dijo ella en voz baja, pero él insistió en lo importante de deshacerse de algunas imágenes que uno recibe para poder evolucionar, de romper algunos espejos le dijo mientras imito su gesto con la mano que intentaba en un circulo imaginario rodear el mundo. Yo no quiero deshacerme de esta imagen le dijo ella coqueta mientras lo abrazaba. El sol ya estaba a pocos minutos de desaparecer oculto detrás de la línea anaranjada que dibujaba el mar, el sol era un circulo rojo intenso, y un paisaje de colores rojizos, anaranjados y azules pasteles fascinantes decoraban el cielo.

En la vida uno tiene que aprender a jugar y jugársela, si no le apuestas a la vida, la vida no tendría sentido, no valdría nada, sabría a poco, comento él, sintiéndose orgulloso de estar allí, de vivir así, de jugarse la apuesta mayor junto al amor de su vida. ¿Pero si la vida te trata duro? Pregunto ella interesada, ¡mucho mejor!, exclamo él, porque si la vida te enseña los dientes quiere decir que le importas y te la va poner difícil para que le entres duro, saques lo mejor de ti, porque nunca olvides, amada mía, que lo nuestro es una bendición, un regalo precisado, único, que debemos aprender a cuidar, proteger, atesorar, decía él mientras jugaba a encontrar sus pies con los de ella por debajo de la arena.

De pronto sintió un ruido extraño, fuerte, un temblor empezó acompañado de unos ruidos lejanos, aterradores, ella lo miro desconcertada, llena de miedo, se pusieron rígidos, todo empezó a moverse más fuerte, todo a su alrededor empezó a derrumbarse, a volverse oscuro, fúnebre, él quiso abrazarla pero vino un sacudón que los movió de arriba abajo, que los empujo tan fuerte que los separo, cerro los ojos aterrado, queriendo gritar y no podía, cuando abrió los ojos bruscamente, mientras el movimiento tosco pasaba, el ruido se iba calmando, y por los parlantes se escucho una voz que decía “Señores pasajeros, bienvenidos a la ciudad de Tacna, a partir de este momento puede utilizar los celulares, la hora local…” miro a su izquierda y vio por la ventana el pequeño aeropuerto, miro a su derecha y se dio cuenta que estaba solo, era el único en la fila.

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Voy volando

No es la primera vez que escribo desde el avión, la primera si para este espacio, es reconfortante sentirse a quien sabe cuantos pies de altura volando, haber cruzado las primera capa de nubes y estar sobre esas formas indescifrables que hacen las nubes, que (ya lo he dicho más de una vez) dan ganas de saltar del avión y corretear encima de las nubes, como si fuera un manto de un algodón gigante con un fondo azul en degrade, maravilloso.

mirenlo

Aun sigo viendo a los pilotos de avión y los envidio silenciosamente, desde pequeño deseaba dedicar mi vida a volar, me imaginaba sentado en la cabina de avión escuchando a todo volumen las canciones que me encantan (ahora se que un avión no tiene el equipo de música que me imagino, salvo que sea mi propio avión) lejos de todo, encima de todos, disfrutando (como lo hago ahora) del paisaje, del maravilloso planeta que tenemos visto desde otra perspectiva.

Aun antes de viajar siento esos nervios como si fuera la primera vez, y espero nunca perder esa sensación, pues creo que todo viaje trae escondido un sentimiento, de los que regresan a un lugar o los que van a otro… luego de trabajar durante 7 años en un aeropuerto pude observar a todo tipo de gente (para mi observar gente es un deporte, y el aeropuerto es un lugar exquisito), la que llega angustiada, feliz, triste, ebria, discreta, apurada, despistada, cómplice, entre otros! Es una mezcla de energías alucinantes, puedes estar parado junto a algún familiar que se va y la familia feliz de despedirlo hacia una nueva vida, puedes estar junto a la novia que ve partir a su novio envuelta en un llanto inconsolable, una persona indiferente seguramente viajando por trabajo, gente que estará regresando a ver a su familia, gente que esta huyendo de su familia,  amigos riendo porque se van de vacaciones, artistas conocidos y los no tan conocidos, extranjeros de todo tipo, incluso rara vez alguno de esos que van ocultando algo, pero los más graciosos son los primerizos, los que creen que en la maleta se puede llevar el Perú entero, pues meten en ella sus 2 buenas botellas de 3 litros de Inka Kola, bolsas de lentejas, pallares, ajis secos, latas de tacu tacu, y todas aquellas cosas que un familiar te comenta que extraña de su tierra cuando te llama.

Si, Cada viaje lleva un sentimiento, a veces he querido que el vuelo dure horas de horas y nunca bajar, a veces he querido que el vuelo sean lo mas corto posible, a veces estas viajando pensando en regresar, otras veces queriendo nunca regresar. Yo he identificado casi todos los sentimientos en mis viajes, he viajado ansioso, feliz, triste, nostálgico, pesantivo, con amigos, con amores, con dolores, a trabajar, a divertirme, huyendo, regresando y aun creo que faltan muchos más… hoy he querido escribir un cuento volando, y en vez de eso me he enredado leyendo conversaciones de hace años, quizá de ahí salga una historia con alguno de los sentimientos que traigo o quizás no… total, si un derecho, facultad o gran cualidad del hombre es que se puede contradecir, y eso hacemos, contradecirse de un día a otro.

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Cuando abrió los ojos se sintió  desorientado, la poca luz que iluminaba la habitación lo confundió aun más, no sabía si estaba amaneciendo o quizás anocheciendo. Estaba aun aturdido por el sueño tan profundo, se sentía como si no tuviera memoria, tampoco se preocupo por recordar algo, se sentía lo suficientemente laxado para no pensar mucho.

Intentó sentarse de golpe, pero su cuerpo no se lo permitió, estaba tan relajado que no podía, se echó rendido en lo que ya había identificado como su cama; un colchón suave lo acogió de espaldas, una sabana blanca le cubría medio cuerpo y su torso desnudo eran indicativos de un clima caluroso. Poco a poco sus sentidos se volvían a agudizar, un aroma a playa lo atraía y sin entender de dónde venía, se recostó contra una de las tantas almohadas que tenía en la cama. Hundió la cara en una almohada muy blanda y suave… analizó los olores, ese olor a playa, un poco de olor a bloqueador solar de coco y además un aroma familiar, suave, de mujer.

Se puso de costado mucho más confundido ahora, nada parecía tener sentido, su cama estaba impregnada de un olor maravilloso, pero el olor a playa venía con el viento, con el aire del lugar. Le encantaba el olor a verano. Siempre lo trasladaba a otros tiempos, otras épocas, incluso a algunos recuerdos que parecían sueños. La ventana de su cuarto estaba cubierta por una cortina semitransparente, se veía de un azul suave que ondeaba al compás del viento que la movía, parecía tomar forma, de pronto se calmaba, reposaba y volvía a nacer con cada bocanada de viento que entraba refrescando el lugar. Un leve murmullo del mar entraba por la ventana con cada bocanada y se sintió nuevamente en un sueño, cerró los ojos y prestó atención al momento. No había duda, estaba en un playa, relajado, tranquilo, y confundido…

No era una habitación grande, era más bien acogedoramente pequeña, las paredes blancas y un cuadro moderno adornaba una pared. La ventana ocupaba toda la pared lateral y un televisor se asomaba encima de un aparador. El equipo de música parecía prendido, pero no sonaba, era grande y los parlantes adornaban desde el suelo todos los rincones de la habitación. De pronto el ruido de la puerta lo puso en alerta y al voltearse la vio entrar. Veía una figura imponente acercándose… a cada paso se hacía más familiar. Ella estaba vestida con un pequeño vestidito blanco, casi pintado en un cuerpo que derramaba armonía. A medida que se acercaba, podía distinguir un rostro de ensueño. El aroma a café venía junto a ella, una taza de figuras que no podía distinguir estaba en una de sus manos echando un poco de vapor, que se distinguía entre la poca luz que iluminaba la habitación. Ella caminaba suelta, natural, mientras una sonrisa encantadora se asomaba en su angelical rostro. Se acomodaba los cabellos en un improvisado moño a una mano. Fue como si perdiera el habla, la veía, pero no lo creía, asumía nuevamente que aun no había despertado.

Ella se sentó junto a él y su olor confirmó que era el mismo que el de su almohada. Su piel estaba semi-bronceada, sus ojos brillaban y formando un gesto de ternura le dijo con una voz suave y extremadamente sensual:

– “Hola”

– (Silencio) – quedó aturdido, en completo silencio y su cara mostraba sorpresa.

– Ja ja ja – soltó una carcajada amigable, dejó en café en la mesa junto a la cama y le cogió la cara con ambas manos mientras acercaba más su cuerpo y le decía:

–  “No me digas que otra vez no te la terminas de creer…”

– “¿Creer?” – susurro él mientras recibía un tierno beso en la mejilla y se asfixiaba de placer, al sentir ese olor tan maravilloso.

– “Creer… sí” – mientras lo acomodaba otra vez en la cama y ella se recostaba a su lado le decía – “De tiempo en tiempo te despiertas así, tan lindo, y te aturde creer que aun vives en un sueño, un sueño que me has hecho realidad hace mucho tiempo ya y que vives aquí, así, junto a mi”.

Se acostó junto a él, casi aplastándolo, y los recuerdos le volvían de a uno a uno, poco a poco, hasta que la sonrisa de su rostro no se pudo ocultar. Un inesperado abrazo la cogió de sorpresa para luego ahogarla en un beso largo, tierno y profundo mientras la revolcaba en una cama que a cada momento, se le hacia más familiar. De pronto la risa los envolvió, la miro a los ojos y se quedaron pegados unos minutos; como muestra de que todo estaba en orden. Sus ojos y sus miradas encajaban a la perfección. El admiraba sus ojos y ella vivía encantada mirando su alma reflejada en sus pupilas.

Estaba anocheciendo, una tarde de un verano que no se agota, en una isla llamada Bonaire, donde vivían en una pequeña casa blanca de dos pisos frente al mar, en una habitación donde solían reposar después de almuerzo, después de unos interminables encuentros de pasión, esperando despertar para ver el ocaso. Siempre juntos, en una cama bautizada hace años, impregnada de un aroma a playa, a coco, a limón. Hay días en que no se termina de creer que vivir aquí, con ella, sea real, que sea tan real como un sueño, por lo que dejó encargado literalmente la siguiente nota: “Por favor, no me dejen despertar”.

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Mi capacidad de mentir a lo largo de estos años la catalogo de increíble, digna de un reconocimiento formal, que solo se produciría si estuviese dispuesto a decir la verdad, pero hay tantas verdades para contar, que ciertamente no creo acordármelas todas. Pero por supuesto que existen verdades memorables, y confesaré que me “muero” de ganas de contárselas siquiera a alguien. Lo gracioso es que, cuando he intentado contar alguna verdad, termino siendo catalogado como mentiroso.

Como cuando, hace muchos años atrás, supimos que nuestra bisabuela estaba muy grave, a escasas horas de morir. Los hijos, que eran 6, vivían repartidos entre el pueblo natal de mi bisabuela y la capital, tres en cada ciudad, a diez horas de distancia por carro, y a muchos dólares por avión. El dilema se presentó cuando la familia empezó a decidir donde debería morir nuestra querida bisabuela; si en la capital, donde vivía junto a sus tres últimos hijos (más por su enfermedad que por convicción propia), o en su pueblo natal, donde aun vivían sus tres primeros hijos. La discusión se tornó molesta y entraron a tallar no solo los hijos, sino también los hermanos, sobrinos y alguno que otro vecino acomedido. Finalmente se decidió que sería en el pueblo natal, y el mayor de los hijos iría en su camioneta a recogerla a la capital. La familia no acumulaba grandes fortunas, por lo que trasladarla en avión sería complicado, más aún si la señora estaba tan grave.

Y así fue como mi tío partió rumbo a la capital un viernes por la tarde, esperando llegar al amanecer y preparar el viaje para estar de vuelta el día lunes. Al llegar se dio con la triste sorpresa, de que su abuela, mi bisabuela, había muerto hacía menos de una hora.

Las primeras dos horas, los llantos y lamentos inundaron la casa, y solo tras un largo silencio, alguien atinó a elevar la voz para comunicar que en ese momento empezarían los trámites de defunción. Nuevamente se había desatado el debate, pues la mitad de la familia más uno, había acordado que se le trasladaría a su pueblo para que pase los últimos días; y la otra mitad, menos uno, defendía que, el que ya hubiese muerto en la capital, suponía un entierro en esta ciudad. La discusión duró horas, hasta que finalmente la mayoría acordó en que debería estar sepultada en el pueblo natal; pues, entre otras cosas, era uno de sus deseos.

La prioridad, entonces, era llevarla de regreso. Ya estaba entrando la noche y aprovechando que la camioneta de mi tío estaba equipada para trasladarla, decidieron llevarla ahí, cubierta; intentando no levantar sospecha, hasta el pueblo natal y hacer de cuenta que había muerto allá. Era necesario no hacer ningún tipo de trámite pues delataría el intento de movilizar un muerto, y según supe, o mejor dicho, según entendí años después, es un engorroso trámite burocrático en la municipalidad.

Decidido todo y entre lágrimas, partiríamos con rumbo a nuestro pueblo esa misma noche, mi tío al volante, mi padre, mi madre y yo – con apenas 10 años de edad –  los acompañaríamos; y claro, la bisabuela en la parte de atrás.

El viaje empezó a hacerse largo, todos iban en silencio y éste se interrumpía de tiempo en tiempo, con algún sollozo de mi madre, de mi padre, de mi tío, e incluso mío. Yo recuerdo haber estado mudo, pues entenderán que a mi edad, sentía miedo de que a mis espaldas viajara un muerto, por más bisabuelita linda que sea.

Pasando el penúltimo pueblo antes de nuestro destino final, mi tío al volante anunció que tenía hambre y que aprovecháramos que a los alrededores no había gente, para detenernos a comer en un restaurante. Y así lo hicimos, comimos y bebimos como se suele hacer en un restaurante de carretera: abundantemente y con una sazón especial. El sentirme satisfecho por la comida, me hizo dar sueño y pensé que el resto del viaje lo pasaría durmiendo. Cuando salimos del restaurante todos nos quedamos mudos, nadie dijo nada y todos nos vimos con gestos interrogantes. Mi tío fue le primero en correr hacia un extremo, mi madre me abrazo y mi papá dando un paso al frente exclamó: “¡Mierda! ¡Se robaron la camioneta  carajo!”.

Cada vez que me acuerdo de ese momento me da mucha risa. Me imagino la cara de los tipos que hurtaron la camioneta, cuando en algún momento pararan a ver su botín, aquella gran alforja entre nuestros equipajes, y al descubrirla encontraran a una ancianita muerta. No pude aguantar la risa al pensar eso frente al restaurante, pero una de esas miraditas que mi madre solía darme fue suficiente para que me callara.

Luego del desconcierto que nos dejaron en una esta de estupefacción total (a nosotros y a los ladrones seguramente) decidimos a  la mañana siguiente en casa de mi tío hacer un pacto solemne, juramos en nombre de todo lo que se les ocurrió (sobre todo en nombre de mi bisabuelita) que nadie contaría lo que había sucedido a nadie por ningún motivo. El cajón que estaba listo, lo llenaron con un costal de arena y lo cerraron para velarlo. Por supuesto el velorio fue rápido y el entierro más aun. Pasaron desapercibidas una serie de detalles, entre el dolor de la familia, que acompañó al costal de arena – que hacía de bisabuela – hasta su morada final.

Han pasado varios años ya. La mayor parte de la familia y de los testigos del hecho ha muerto, dejándome prácticamente como único testigo de tan tonta, increíble, denigrante y chistosa, historia. Nunca apareció la camioneta y menos la bisabuela. Tampoco me han creído al contarla, pues a cuanto familiar le intente contar la historia lo único que he recibido ha sido un palmazo en la cabeza, seguido de un enérgico “No se juega con la memoria de tu bisabuela”.

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