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Archive for 27 marzo 2011

Había una vez, y mentira no es, en un lugar muy pero muy lejano, un reino pequeño pero maravilloso, que tenía una Reina increíblemente bella, rica y sabia… Un buen día, cansada de pretendientes falsos que se acercaban a ella para conseguir sus riquezas, hizo publicar que se casaría con quien le llevase el regalo más valioso, tierno y sincero a la vez.  El palacio se llenó de flores y regalos de todos los tipos y colores, de cartas de amor incomparables y de poetas enamorados. Y entre todos aquellos regalos magníficos, descubrió una piedra; una simple y sucia piedra. Intrigada, hizo llamar a quien se la había regalado.

A pesar de su curiosidad, mostró estar muy ofendida cuando apareció el joven, y este se explicó diciendo:

– Esa piedra representa lo más valioso que le puedo regalar mi Reina: es mi corazón. Y también es sincero, porque aún no es suyo y es duro como una piedra. Sólo cuando se llene de amor se ablandará y será más tierno que ningún otro.

El joven se marchó tranquilamente, dejando a la Reina sorprendida y atrapada. Quedó tan enamorada que llevaba consigo la piedra a todas partes, y durante meses llenó al joven de regalos y atenciones, pero su corazón seguía siendo duro como la piedra en sus manos.

Un día, desanimada, terminó por arrojar la piedra al fuego; al momento vio cómo se deshacía la arena, y de aquella piedra tosca surgía una bella figura de oro. Entonces comprendió que ella misma tendría que ser como el fuego, y transformar cuanto tocaba separando lo inútil de lo importante.

Durante los meses siguientes, la Reina se propuso cambiar en el reino, y como con la piedra, dedicó su vida, su sabiduría y sus riquezas a separar lo inútil de lo importante. Acabó con el lujo, las joyas y los excesos, y las gentes del país tuvieron comida y libros. Cuantos trataban con la Reina salían encantados por su carácter y cercanía, y su sola presencia transmitía tal calor humano y pasión por lo que hacía.

Y como con la piedra, su fuego deshizo la dura corteza del corazón del joven, que tal y como había prometido, resultó ser tan tierno y justo que hizo feliz a la Reina por el resto de sus días… amor.

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Hace pocas Semanas tuve la oportunidad de viajar hacia El Salvador, y me he querido dar un tiempo para compartir un poco mi experiencia maravillosa en este país. En principio debo confesar (y me perdonaran los salvadoreños que lean esta nota) que yo pensaba que El Salvador era un pequeñito país con muy pocos recursos, o como alguien me dijo por aquí, que se imaginaba que a lo mucho seria como Iquitos. Por temas de trabajo me toco investigar un poco del país y sobre todo de su oferta turista, y como sabemos, los organismos gubernamentales suelen mostrar de los países lo que más vende, y en el caso de Centro América y Sur América (con sus contadas excepciones) suelen mostrar la cultura y los espacios naturales (playas, valles, montañas, etc.). les cuento esto porque al entrar a buscar información de El Salvador, me encontré con imágenes que no ayudaban mucho a cambiar esa idea pre definida (como cuando uno busca información de Peru y encuentra fotos de indígenas, personajes vestidos con ropas típicas, etc.),  algunos datos me sorprendieron mucho, como la cantidad de movimiento turístico, pero eso hablare más adelante.

Ni bien llego al aeropuerto de San Salvador (nombre apto) me encuentro con un ala del aeropuerto moderno y bien cuidado, y al salir me encontré ya con unos (ahora) buenos amigos que gustosamente fueron a recogerme. El camino al hotel fue una maravilla, fue como ir por un bosque hasta la ciudad, muy verde, me gusto mucho, y ya entrando  ala ciudad lo primero que me llamo la atención fue los centros comerciales, modernos, muy grandes y uno junto al otro, ahí fue donde me dije…¿Qué paso?

Mi hotel quedaba (bueno, debe seguir quedando) en lo que ellos llaman “la zona rosa” una zona muy bonita, llena de comercio y de diversión, el hotel para que, me gusto mucho, amplio y una atención de primer, si algún día van por allá, Suite las Palmas se los recomiendo a ojos cerrados, es de buena calidad, precios cómodos, muy bien ubicado y la atención particularmente buena.

Ya descansando en la habitación caí en cuenta que todas mis ideas previas de este país eran total y completamente erradas, hasta lo que había visto, y según lo que me conversaban, era una ciudad moderna, en crecimiento económico, una alta tasa de consumo y manejos de remesas importante, además de un reciente ministerio de turismo dispuesto a impulsar las importantes actividades turísticas locales, que entre otras cosas son playas, volcanes, valles, etc.

Los siguientes dos días, estaba enfocado en una capacitación, por lo cual no conocí más que el bussiness center del hotel, un Subway (donde quise almorzar allí pues en Perú no hay) y paro de contar, excepto en las noches, que si se afanaron en llevarme a comer PUPUSAS! No sabe que es pupusas? dale clic al enlace, wikipedia te lo explicara, mi  reseña:

El salvadoreño esta demasiado orgullo de sus pupusas, si no eres salvadoreño y eres latinoamericano quizá el nombre te deje con esa ambigüedad que da risa, pero NO en el salvador, allá te dan la bienvenida con una popusa y te vas con otra minimo, si no, no has estado en el salvador. Esta famosa pupusa es una tortilla de maiz que lleva queso y frijoles básicamente, se prepara de una forma bien peculiar pues comienza en una bolita de masa y termina como en la foto

Ahora, créanme que sabe mejor de lo que se ve (si es que la viste medio rara) la puedes acompañar de una especie de encurtido o ensaladita y una salsa media picante si gustas. Para los que me conocen saben que si gusto me falta es por la comida, no tengo un plato favorito, y cuando la gente me pregunta que te gusta comer, yo te puedo decir que no me gusta, lo demás bienvenido, pero saben que? Me gusto!

El restaurante de mi hotel quedaba en el ultimo piso, desde el cual se podia ver una vista linda de la ciudad y a lo lejos el volcán Quezaltepec (llamado tambien volcán de san Sanvador) junto a cerro verde (el cual señalo en esta foto, y el volcan tapado por la inoportuna nube), el clima por lo general es templado, no hay temporadas de fríos terribles y más bien si hay temporadas de agobiante calor, yo fui, felizmente, en una temporada media, perfecta para mi!!

El cielo, que cielo! Que nubes, que celeste, me gusto, sera que después de varios años de vivir en lima y estar acostumbrado al cielo panza de burro por nueve largos meses cada año me hace apreciar más estos lugares.

Se que el salvador tiene playas más bonitas que las que fui, quedan como a 2 o 3 horas de la ciudad, gentilmente me invitaron a casa de un bueno amigo a seguir trabajando y charlando, pero ya que estábamos ahí porque no hacerlo en su acogedora casa de playa, en playa San Diego, a 45 min. de la ciudad, el agua es tibia, la arena volcánica negra y muy fina (muy caliente, me queme mi piecito) y un mar que te jala, pero manso, hay piso hasta el inicio del tumbo.

Tanto así que me anime a bañarme! También, los que me conocen saben que en lima no lo suelo hacer básicamente por 2 cosas, el agua es demasiado fría para mi exigente sangre, y la cantidad de huecos que te dejan sin piso a la hora de entrar al mar desaniman a mi poca destreza en el nado.

Fuimos a almorzar a 20 minutos de allí, pasando las casas de playa vienen las zonas de restaurantes y al entrar me tope con esta imagen:

A la izquierda estaban sentados en fila los hijos de los padres sentados a la derecha, evidentemente se ve el mar desde la ventana pues esta a menos de 4 metros, era un lunes, y los padres estaban tomando unas cervezas antes de almorzar literalmente gozando de la vida, escuchando música, riendo y enamorando a sus mujeres. Sus hijos, admiraban el mar desde allí, de hecho me pare junto a uno de ellos y le pregunte “¿que miras?” y me contesto “pues el mar”, y me miro como diciendo ¿no es obvio? (no tendría más de ocho años) y yo la mire como diciendo ¿pero por que? Y continuo “esta lindo”. Y si, en efecto, toda la imagen, el momento, estaba muy lindo.

De regreso paseamos un poco el litoral, me mostraron algunas playas cercanas donde el mar esta muy propicio para el surf, de hecho ya se están acondicionando hoteles pequeños para surfistas y según me han contado ya las playas del El Salvador están ranqueadas dentro de los top mundiales para practicar este deporte, asi que si ud es surfista, apúntelo en su próximo destino, alli no le faltara nada.

Al siguiente día fuimos a hacer un city tour muy personalizado, me gusto mucho el centro de la ciudad, no se ha sobre poblado de edificios, solo me dio un poco de pena verlo invadido de ambulantes, como en una época el centro de lima, o en arequipa san camilo (guardando distancias) las veredas ya son de los ambulantes, y la gente camina en las pistas junto a los pocos carros que van para allá, ahí falta la mano dura de un alcalde que ordene y ponga lindo el centro histórico de este país.

En resumen, El Salvador es un país pequeño, todo esta a 45min de distancia, es calido, su gente es muy amable, la moneda oficial es el dólar, la comida es algo cara igual que el transporte (si lo comparas con Perú), tiene el centro comercial más gran de Centro América (es un país súper consumista), tiene playas, volcanes, lagos, pueblitos, ruinas mayas, pirámides, montañas y una pasión inusual por el futbol español (dicen que cuando juega el barza y el real Madrid la ciudad para!), son alegres y orgullosos de sus deportistas (su campeón de tiro al blanco, sus pocas pero renombradas figuras del futbol, entre otros), escuchan música alegre, productores de café de exportación, amantes de su comida (las popusas son orgullo nacional), orgullosos de su tierra, de su ideología, de sus costumbre.

Uno como Peruano, cuando sale del país le pasa eso que decía Noel Clarasó: Viajar sólo sirve para amar más nuestro rincón natal. Uno inevitablemente empieza a comparar las cosas que tiene en su país, reflexiona sobre las cosas que tiene que corregir para que este crezca como debe, valora y promueve con orgullo su tierra (de la cual más de una vez seguramente has renegado) y siente que desperdicia miles de cosas que por tenerlas tan cerca, tan a la mano, no conoce, usa, ve o simplemente disfruta (para ejemplo un botón: ¿conoces Cusco?) y regresa y ve, inevitablemente, su país con otros ojos.

No fue un viaje de placer, fue un viaje básicamente de trabajo, me falto conocer muchas cosas (como la puerta del diablo…) pero a cambio he conocido un grupo espectacular de personas que me recibieron con mucho cariño, con mucha amabilidad y demostraron porque El Salvador es el pais de las sonrisas, por ser tan atentos y siempre preocupados porque a uno no le falte nada, por intentar servirlo y atenderlo como si fuera amigo de casa, es esa la actitud que se necesita para que dentro de poco (no creo que pase más de cinco años) deje de ser la pulguita de américa (como ellos se dicen cariñosamente) y se posicione dentro de los destinos top de América. No he traído casi ningún recuerdo para regalar, pero si muchos en mi mente, El Salvador se ha quedado con algo mio también, y son esas cosas que lo “sorprenden” a uno (y no me pasa a menudo) que le dan sentido a la vida…  si tienes un chance, anda, conoce el El Salvador, te va a gustar.

(seguramente me he olvidado alguno que otro detalle que podre poner en comentarios o resolver preguntas si se diera el caso)

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(Es mejor viajar lleno de esperanza que llegar. – proverbio japones)

Un día, discutiendo con un amigo sobre el origen y significado de la fe, llegamos a la conclusión que la fe es “esperar lo bueno” (indistintamente del marco religioso o cultural que le pongas) pues las personas que actúan con fe desean que suceda algo extraordinario para ellos o alguien cercano que impacte positivamente en sus vidas.

Como todo en el mundo, la fe también tiene su archi enemigo, su lado oscuro, y este es el miedo. Si, el miedo, es definido por la Real Academia de la lengua española como: (Del lat. metus).

1. m. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario.

2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.

Podríamos decir en sencillo que el miedo es esperar lo malo

Cuando mi SER completo entendió esto, vi la vida desde otra perspectiva, quizá venia años creyendo o entendiendo lógica y emocionalmente el tema, pero no lo había asimilado como tal.

¿Siento miedo?, si, pero ahora soy conciente y lo cambio por algo positivo, por fe, por esperar lo mejor, y de lo peor ver o encontrar el lado bueno. ¿Por qué? Pues muy sencillo, por miedo he perdido muchas cosas en mi vida.

He perdido oportunidades de trabajo por miedo a no estar a la altura, he perdido oportunidades de negocio por miedo a perder, he perdido oportunidades de crecer por miedo a no hablar, he perdido oportunidades de dar mi opinión por miedo al rechazo, he perdido ilusiones por miedo a acercarme, he perdido amores por miedo a abrirme, he perdido esposas por miedo a casarme, he perdido ser padre (quizá) por miedo a entregarme, he perdido amigos por miedo a acercarme más, he perdido cariño por miedo a sentirme usado, he perdido sueños por miedo a no cumplirlos, he perdido la oportunidad de ser un músico por miedo a no poder, he perdido el ser artista por miedo a no vivir de ello, he perdido eventos memorables por miedo a que me pase algo, he perdido años por miedo a vivir, he perdido rezos por miedo a no ser escuchado, he perdido tantas cosas…

Lo curioso es que cuando uno mira atrás siente que realmente no valió la pena, que nada tan grave pudo haber pasado, y evalúa aquellos “hitos” en la vida de cada quien y se queda con esa amarga sensación de ¿..y si?,  ¿y si hubiera hecho? ¿y si hubiera dicho? ¿y si…(espacio para que cada quien ponga lo que crea adecuado)…?

Por eso, en determinado momento de mi vida decidí no arrepentirme de las cosas que hice, si no más bien de las cosas que dejé de hacer.

Algunos creen que soy muy suelto, muy directo, sarcástico, atrevido, y quien sabe cuantos  adjetivos más, pero solo son muestras de una lucha constante entre mi fe y los miedos… Aldous Huxley decía que el amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma. Y es tan, pero tan cierto, que si he visto gente que quiero con tal carga de miedo a la vida que ha dejado de ser lo básico que uno es: humano.

El miedo es parte del equilibro, siempre vivirá con nosotros, pero uno debe tenerlo como a la tarjeta de crédito, en la billetera por alguna emergencia, no como un estilo de vida.

Hoy, siento que puedo vivir la vida controlando el miedo, y en la medida que lo he reemplazado con fe, me han llegado cosas buenas a mi vida, oportunidades, amigos, respuestas, cariño, etc. etc. Es increíble cuando pasas la puerta del miedo y te das cuenta que ahí están todos tus sueños esperando por ti.

Y si, quiero seguir en esta senda, quizá de lo que tengo miedo es de tu miedo, de que no te atrevas a caminar este camino, de aprovechar estas oportunidades, de abrirle los brazos a la vida. Quisiera poder, estimado lector, darte una formula mágica para que puedas perder el miedo, pero no existe, es un tema de aceptar, de entender, de pararse y simplemente hacer.

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Una noche, como tantas, ambos se encontraban ya en la cama. Eran camas distintas, sitios distintos, en horas distintas, ambos apunto de dormir…

Uno de ellos pronto concilia el sueño, duerme rápido y profundo pero antes se arropa, se da la vuelta, aprieta la almohada tan y tan fuerte hasta hundir la cabeza en ella, sintiéndose inmortal en la paz de un silencio que solo la noche puede dar. A lo lejos un sonido viene casi imperceptible de la cocina, quizá es el refrigerador que se prende y apaga monótonamente durante la noche convirtiéndose en un sonido rutinario que pronto desvanece cuando concilia ese sueño profundo que no es fácil interrumpir, respira cada vez mas suave, sonríe y duerme con la paz que algunos sienten cuando pequeños, cuando son protegidos…

El otro no concilia el sueño tan rápido, los pensamientos le asaltan, tal como lo hace el recuerdo de la travesura infantil en los momentos más inesperados. Así, insomne, con la poca claridad que entra por la ventana desea verle dormir, y piensa, y sueña despierto, sueña con días de pasión nocturna, de la búsqueda de los sexos, de la explosión del encuentro de cuando las noches no son descanso, cuando el sueño no era un vil asaltante a mano armada, cuando ninguno cede ante el peso del día transcurrido y quiere dedicar unas horas más para saber del otro… Mira por la ventana, desea ver su alma que huye, que se embarca en un sueño mágico e irreal, que se vaya por aquella ventana y se vuelva inmortal, y le encuentre tan inmortal como se siente ahora soñando…

Besos. Esa noche soñó con besos. Para ser más exactos soñó con un largo beso; uno muy suave, muy lento, inagotable, incansable, largo, un beso que parecía eterno…

Cerró los ojos al recordar aquel sueño, la luz de la luna que invade la habitación le ha hecho un llamado a dormir. A no soñar despierto, porque la luz de luna sabe que hay sueños que uno no debe permitirse despierto, estos siempre peligran de volverse confesiones escritas en una noche como esta.

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Mientras miraba como se alejaba, conduciendo su auto por la rampa cuesta arriba del estacionamiento de aquel edificio, recordó las palabras de Jorge Luis Borges cuando decía: “Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única.” Se quedó allí, recostado en una columna de pie, en un estacionamiento vacío, respirando fuerte recordando su perfume; cerró los ojos y vio su mirada, inevitablemente saboreó sus besos, y pensó sobre sus propias lágrimas.

No tenía idea de qué había sucedido. Él, una persona calma, un poco cerrada, distante, que había escuchado elogios sobre sus capacidades y era justamente eso lo que lo hacía interesante. Por ello se comportaba estricto, cuadriculado sin aceptar que entren en su espacio, y con esa actitud espanta, aleja, no da pie a que se le acerquen y quien lo hace de manera arrebatada obtiene de su parte la más cruel indiferencia, y él está consciente de eso, pero esta vez ¿Qué había sucedido?

Por alguna extraña razón estaba en ese estado en el que no se tiene sentido exacto de la realidad ni de sus alcances, había perdido la noción del tiempo y del espacio, no fue hasta que regresó a su habitación que cayó en cuenta que aquella no era su casa, que aquel no era siquiera su país, que la hora era muy avanzada, y que aquella mujer se acababa de llevar algo valioso y en cambio le dejó algo precioso también.

Se acostó en la cama destendida, abrazó todas las almohadas y se enterró en el olor y el recuerdo. Pensó en ella sin morbo, sintiendo que lo acontecido podría calificarlo como “fluidez”, ¿Qué había sucedido? Se repetía sonriendo, sabía que no entró arrebatada en su vida, ni lo logró sutilmente tampoco, simplemente entró como si fuera su casa, sin permiso pero con autoridad. Él se conoce, sabía que por su genio solía enamorarse de personas que le son indiferentes, bellas mujeres a quienes percibe como retos, a quienes encuentra, se deslumbra, las busca, cautiva y construye una relación, que quizá para muchos es falsa, pero para él es real. Esta vez, nadie arrebató a nadie, desde el primer día que se conocieron la relación fue de mutuo respeto y admiración, cafés van y vienen, las horas pasan y todo “fluía”, no pasó mucho para que sus murallas bajaran y se dieran cuenta que son un par de seres parecidos, independientes, inteligentes, concretos, sueltos, que comparten una afición increíble por la música, la soledad, los chistes malos, el teatro, el cine, la lectura y dormir hasta tarde un domingo entre tantas otras más.

Ella, es de alguna forma como él, de mirada fuerte, seria, de voz fina, pero directa, que revela su carácter, se sabe inteligente, se siente segura por sus logros y ha construido una muralla para proteger la fragilidad de su niña interior, esa que quiere salir a correr por los parques persiguiendo mariposas, la que necesita un abrazo por las noches y alicientes para continuar…

Y sin darse cuenta, allí están, como dos niños sentados en el techo de un edificio con una botella de vino blanco, riendo, escuchando, compartiendo, soñando, descubriéndose. Sorprendidos de sus propios actos, dándose cuenta que se han roto los esquemas el uno al otro, que no tenía lógica ni sentido pero con la convicción natural de dejar que las cosas cobren vida propia; y así crearon una imagen de postal por cada una de esas noches. Se gustaban tanto y se contenían aun más, hasta que un abrazo cobra vida, hasta que el otro respondió trepando por su mejilla, hasta que los dedos se les escaparon para recorrer los rostros, las miradas cómplices en una tibia noche gritaban en sus silencios, y sus sonrisas pícaras les dieron el preámbulo de iniciar una historia que ahora él cuenta alegre y risueño.

Eran tan parecidos que necesitaban darse roles para llevarse bien, se peleaban por poner cada uno la música que le gustaba al otro, y así era un día de uno y otro día del otro, se turnaban para conocerse y compartir, ella cocinaba y el ponía la mesa y lavaba los platos. Cuando ella soñaba, él la secundaba, y cuando él se ponía tenso ella simplemente lo amaba. Aunque ella era por lo general fría, desde que se conocieron (antes de subir a su automóvil, aquella noche de su primera despedida, vio que ella tuvo el impulso de llorar y no lo hizo, se contuvo, y él, por más que intentó, prefirió dejar fluir tan sólo cuatro honestas lágrimas) y cuando ella reprimía un sentimiento, él la alentaba sentir, cuando él se sentía triste ella sin decir nada lo llevaba a pasear, al cine, de compras o por un café, sin decirle ni pedirle nada, simplemente lo hacía, diría que hasta se lo imponía. Pero cuando se molestaban – al principio – la pasaron muy duro hasta que entendieron que esos episodios no valían la pena para lo que realmente era importante en sus vidas. Aprendieron a disfrutar esos pequeños espacios de tiempo, esas cosas sencillas…

Para él, el amor comenzaba en la mente, para ella el amor empieza en la seguridad emocional. A él siempre le gusto la idea de descubrir un mundo donde las hojas nunca caen… y el Sol nunca se pone. Ella estaba segura de que semejante mundo no existía, pero cuando decidieron alcanzar la felicidad juntos, ella se unió a la búsqueda. Un día quizá la sorprendió al encontrarlo, pero no fue si no hasta cuando ella abrió los ojos, le quito los cerrojos al corazón y elimino de su vocabulario la palabra “imposible” … como él lo hizo desde la primera vez que la oyó…

Creo que él no tenía idea de cómo había llegado hasta allí, creo incluso que no tenía idea de que fue perfecto cómo comenzó, si no hasta ese momento en que nos contaba a todos su historia, volvió a repetir la frase de Borges casi susurrando “Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única.” Como quien cae en cuenta realmente de lo que significa, como si se hubiera olvidado estos últimos años lo que significó aquella primera vez que lo pensó en el estacionamiento del edificio aquel, incluso podría jurar que sintió que nunca salió de ese estado en el que no se tiene sentido exacto de la realidad ni de sus alcances, había perdido indefinidamente la noción del tiempo y del espacio, y que aquella mujer nunca dejó de llevarse a diario algo tan valioso y a cambio siempre dejándole algo precioso también…

La verdad que ya no me acuerdo que más contó, los detalles se perdieron por la conmovedora imagen que sucedió en ese momento, pues si algo recuerdo vivamente fue que hizo una pausa larga, respiro hondo, volteó y miró el ataúd donde ahora esta su mujer y dijo: Mujer, han pasado cuarenta y dos años desde el comienzo de esta historia, hizo una pausa y se escuchó como contenía el llanto, los ojos se le llenaron de lágrimas y le dijo: Amor, hoy era tu día de poner la música.

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La última vez que vi a Francisco fue en el aeropuerto, estaba esperando en un café cerca a la sala de embarque veintiséis, el vuelo estaba en hora y él con mucho tiempo libre, súper puntual, bueno siempre fue así, desde que lo conozco se podría decir que es un tipo que prefiere la hora inglesa, vale decir, estar quince minutos antes de la hora indicada, y en los aeropuertos no era la excepción, por el contrario, de hecho siempre se burlaba de alguien que perdía un avión por falta de previsión de tiempo, aunque una vez me dijo: “Sólo vale perder un avión por amor.” Recuerdo cuando me contaba la historia de aquella vez que viajó con su novia, relajados ambos, conversando lo suficiente y mirándose mucho más, y eso justamente les pasó, se quedaron sentados tomando un café mientras se miraban platónicamente a los ojos, era como llegar a meterse en un abismo de insólitos pensamientos y explorando el alma de la otra persona sin descripción razonable, y, por qué no también, de explorar el alma de uno mismo… (Hizo una pausa como saboreando el recuerdo) bueno, eso fue lo que sucedió, así perdí un avión porque me perdí en la mirada que me suele hacer perder la noción del tiempo.

 

El era así, un tipo serio, algo arrogante cuando se le ve por la calle, solo o acompañado, pero basta con que te deje pasar esa coraza que le ha creado su timidez para que encuentres a una persona divertida, siempre dispuesta a jugarte una broma, comentando a cada momento alguna obviedad de manera lógica, sarcástica, atrevida, y hasta a veces inoportuna.

 

Hoy lo vi un poco distante, se sorprendió al verme y esperé (como siempre) que hiciera alusión a mi corta estatura, pero no, no lo hizo, me miró y se paró mientras me regalaba una sonrisa disforzada, me comentó que estaba cansado y me invitó a sentarme junto a él.

 

Después de las preguntas protocolares, de enterarme las últimas novedades y acontecimientos más relevantes de su familia y los amigos comunes de ambos, su semblante cambió, y ya de mejor genio nos reímos recordando lo seguido que solíamos encontrarnos en los aeropuertos, fue muy discreto al preguntarme de mi divorcio, y yo procure serlo con respecto a su familia, pero cuando estaba por preguntarle de la muchacha aquella que le hacía perder los aviones, hizo un gesto mientras pasaba un sorbo de café como quien acaba de acordarse de algo muy importante, urgente, abría los ojos y movía una mano mientras con la otra dejaba la tasa de café, pasó toscamente el sorbo de café, yo, le abrí los brazos y lo miré como diciendo “¡¡¿qué paso?!!”.

Tras limpiarse la boca con la servilleta me dijo:

– Tengo una pregunta importante que hacerte.

Tomó su equipaje de mano y sacó de él una agenda, buscó una página en particular, destapó el lapicero que tenia sobre la mesa y se puso en posición de escribir mientras con voz seria dijo:

– Pregunta, ¿si tuvieras un accidente en avión qué harías?

Como entenderán la pregunta me dejó con los ojos abiertos y sin nada que responder, y ante esta reacción añadió

– ¡Jejeje! me explico: Si el avión en el que viajas, inevitablemente anuncia una falla en el motor o algo y esté cae en picada, ¿qué es lo que harías?

– Bueno – le dije despacio – no sé la verdad, supongo que intentaría recordar las instrucciones de seguridad y empezaría a rezar… no sé Francisco, nunca me había puesto en esa situación.

Él, seguía escribiendo en su agenda interesado al parecer de mi respuesta, de pronto cerró la agenda y tapó el lapicero, supongo yo que tomó nota de lo que dije, se quedó mudo, cruzó ambas manos en la agenda y le pregunte:

– ¿Y tú? ¿Qué harías?

– Mira, como sabes yo he trabajado varios años en el aeropuerto y en estos últimos años he tenido la suerte de tomar muchos vuelos, pero siempre tengo esa extraña sensación antes de abordar de que algo pueda suceder, y sí, esta dentro de las posibilidades que algo suceda, mínimas pero existen, por eso procuro siempre dejar una nota, escribir un correo o algo dejando mis mejores deseos, mi sentir e intenciones, pero allí arriba, en pleno vuelo, cuando ya lo acontecido es inevitable, siempre pensé en hacer algo estúpido, irreverente, algo que no haría en una situación normal.

Yo, claro está, puse un gesto confuso y le pregunte:

– ¿Cómo qué?
Y él riendo me dijo:

– Ahí voy, mira, cuando me chekeo procuro sentarme junto a alguna mujer, cosa que si en pleno vuelo nos anuncian la lamentable caída, pues no tendría reparo en voltear y cogerle un seno, o por qué no, los dos, y apretarlo hasta que me salga entre los dedos, de la forma más vulgar y atrevida…

La carcajada que lance, fue histriónica.

– ¡Es que es verdad! – me decía entre mis risas – piénsalo bien, en esa situación ¿qué es lo peor que puede pasar? ¡nada!, porque ya estas jodido y si por un milagro el avión se salvara, tendría la escusa de decirle que fui presa de shock y lamentablemente reaccione así y pongo cara de víctima y ¡ya! ¿Acaso me vas a decir que tú nunca has visto una mujer en algún lugar, y con un deseo libidinoso, animal, impersonal te hubiera gustado acercarte y hacer algo así? ¿No es mejor opción hacerlo en esta situación…?

 

Nos reímos un rato del tema, celebré como siempre sus ocurrencias y lo llamé loco cuando sonó el alto parlante anunciando el abordaje en la puerta veintiséis.

– Es mi llamado – me dijo.

Nos levantamos a la vez, nos dimos un fuerte abrazo por el gusto de vernos y le deseé que le tocara una chica con mucha “pechonalidad” en caso, Dios no quiera, alguna desgracia sucediera. Celebró mi gesto y me tomó del brazo y me preguntó con una voz más seria y calmada:

– ¿Por qué no preguntaste nada de la chica que me hace perder los vuelos?

La verdad no le dije nada, tan solo levanté los hombros e hice un gesto de esos que dicen mucho, levantas un poco las cejas y comprimes lo labios, y él me dio una palmada en el hombro.

– ¡Gracias hombre! Eres un buen amigo, pero te tengo que pedir un favor, entre broma y serio, si algo pasara a ese avión y se da una lamentable partida mía a otro mundo, dile que antes de subir estaba pensando en ella, que aun la seguía esperando, y que hubiera dado lo que sea porque ella estuviera en este y todos mis vuelos, para tomarlos juntos, o perderlos juntos…

– Claro que sí mi hermano – le dije abrazándolo.

– Y no te olvides por favor de decirle – continuó – que si cae el avión, igualito le aplastaré una teta a alguien, pero pensando en ella.

 

 

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