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Archive for 13 mayo 2011

Ella está apoyada en la ventanilla 7A del avión que la llevará a miles de kilómetros de su país, el piloto avisó oportunamente el tiempo de vuelo, la altitud y velocidad entre otros datos, pero ella sólo mira de cuando en cuando su reloj, deseando que esos minutos pasen rápido para llegar pronto a su destino. Vuelve y mira las agujas del reloj pulsera swatch que compró dos años atrás por su cumpleaños y siente que el segundero anda con una inusual lentitud, siente que todo pasa en calma, menos los latidos de su corazón.

Reclina el asiento, lo inclina, se apoya en la ventanilla, luego en el espaldar, abre un libro, finge que lee, lo deja, busca en su cartera su ipod, intenta prenderlo, lo deja, ve el reloj de nuevo, mira el techo, transpira, ve la película, busca los audífonos para escuchar, lo deja, se reclina, respira profundo, vuelve a ver el reloj y piensa en que ya debería llegar.

Lo conoció hacían pocas semanas, el tipo llegó a su país para una charla y ella por encargo de su jefe “tenía” que asistirlo, y léase “tenía” con desgano pues las circunstancias que rodeaban ese evento en particular no eran las más gratas para ella. Y así fue, protocolar encuentro, charla enmarcada dentro de lo normal, cena moderada y acabó el día. El siguiente día de trabajo fue mucho más suelto, intercambiaron miradas, sonrisas, coquetearon y ahí pudo terminar todo pero ella le ofreció llevarlo al aeropuerto, de camino las risas no faltaron, los comentarios como “qué pena que me quedé dos días y no conocí nada” o “motivo para que regrese” eran de los que adornaban el corto trayecto al terminal.

Antes de despedirse en el aeropuerto, él le tomó la mano, y ella casi perdiendo la voz, en vez de decir un protocolar “gracias por su visita, vuelva pronto” le dijo sonrojándose “me hubiera gustado que se quedara un par de días más.”

Ahora nuevamente su cabeza apoyada en la ventanilla 7A del avión, se empaña por la respiración fuerte que le dejó su sonrisa al recordar su picardía, al atreverse a decirle semejante cosa, y peor aún, que él cancelara su vuelo y se quedara efectivamente dos días con ella. Comieron, rieron, pasearon, se conocieron, intimidaron y se amaron.

Y ahora ahí va ella, semanas después camino a verlo, su país quedaba muy lejos, así que decidieron encontrarse en un punto medio, un lugar donde le fuera fácil llegar a ella, y fácil llegar a él. Lo acordaron en sus interminables conversaciones noche tras noche desde aquel encuentro.

Estaba nerviosa, quería saber si todo lo que había estado pasando estas semanas era real, la duda la asaltaba de cuando en cuando pensando en que quizá él no era la persona que estaba idealizando, la asaltaba con mayor intensidad la fantasía de ver en él el hombre de sus sueños, de romper paradigmas y creer en el amor como nunca antes lo había hecho. Apoyada en su asiento jugaba con su reloj mientras lo veía.

Lo imagina sentado en un avión camino a verla, a la misma velocidad, hacia el mismo destino, en ese mismo momento, pero viniendo de un lado totalmente opuesto. No podía dejar de reírse, de soltar la risa nerviosa de quien se pilla haciendo una travesura, miraba nuevamente su aletargado reloj.

Él se tomó la delicadeza de escribirle una carta dos semanas después de conocerla, allí le había confesado el amor inexplicable que sentía hacia ella, el miedo que le provocaba no poder imaginar un futuro, la ilusión que le daba conocer a alguien con sus cualidades, y párrafos y párrafos hablando de su belleza. Ella no se había terminado de dar cuenta que estaba terriblemente enamorada, pese a que creía que estaba yendo “a ver qué pasaba.”

Su concentración se cortó de improvisto pues el capitán anunciaba el aterrizaje en breves minutos, ella guardó todo en su cartera y sacó su maquillaje, necesitaba pintarse, pues si sus cálculos eran exactos al salir del avión él ya habría aterrizado media hora antes, fue al baño, se lavó la cara, se cambió de blusa, regresó a su asiento se maquilló, acomodó el cabello, y de un diminuto gotero echó por su cuello la fragancia que lo volvió loco en su primer encuentro.

Caminado por la manga del avión, ya de bajada, repasó las mil y una escenas que tendría para cuando lo viera, no sabría si quedarse inmóvil, o quizá correr, gritar era una opción, llorar una más probable, pero sudar era la inevitable, no dejaba de caminar rápido y sentir un ligero temblor en su ser, ¡Qué emoción! Pensaba.

Al salir de la sala de embarque catorce buscó entre los curiosos y no lo vio, fue al monitor y verificó que efectivamente su vuelo había llegado hacia treinta minutos, fue corriendo hasta la sala veintisiete donde probablemente se quedó esperando y vio mucha gente embarcando ya para otra ciudad, no estaba allí; se confundió, regreso a su sala, la catorce, podía ser que entraba al baño, lo espero cinco minutos, diez, quince, entró en pánico. Cambió unos billetes de dólar y llamó a su celular, apagado. Se le ocurrió que perdió el vuelo, vio en el monitor y el siguiente llegaba en una hora, otro con escalas llegaba en tres, fue a la sala veintisiete, pidió saber si se embarcó y le respondieron que esa información era confidencial.

No tenía más remedio que esperar una hora si llegaba en el siguiente vuelo, fue a la sala dieciocho a esperarle, se sentó, puso la cara entre las palmas de sus manos y empezó a llorar, simplemente no quería pensar, se limpiaba el maquillaje arruinado por las lágrimas mientras miraba el reloj, desesperada de verlo pasar tan y tan lento.

En el siguiente avión no llegó, y en el otro tampoco, perifoneó su nombre y nadie acudió, entro a internet y no había rastro de él, llamó al hotel y nadie se había registrado aún, después de pensarlo mucho, cerca de seis horas después, llamo a su casa y le dijeron que “ha salido, ni idea si regresa”. Sintió morir.

Se sentó en el medio de una sala de espera vacía cerca ya de la media noche, sobre su pequeña maleta cargada de ropa para cuatro días, tres recuerdos de su país, y su cargamento de amores e ilusiones entreverados con su set de maquillaje y sus perfumes y soltó un llanto interminable, desconsolado, de aquellos llantos que casi no se escuchan pero que se sienten como a uno se le va el alma lágrima a lágrima y sollozo a sollozo

Así la conocí hace nueve años, yo llegaba de un vuelo largo desde Londres pasadas las tres de la mañana y me tope con esa conmovedora imagen, con esa increíble historia, y esa carita manchada por el maquillaje y la valentía de una mujer que no podía disimular un corazón roto, y hasta el día de hoy cuando pasamos (llegando, saliendo o en tránsito) por un aeropuerto guarda un silencio fúnebre y muestra una mirada incomoda.

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“Comprendo que la mentira es engaño y la verdad no. Pero a mí me han engañado las dos.” Me dijo aquella vez Alejandro al oído cuando le pregunté qué le pasaba, tenía un tono áspero, que bordeaba la melancolía pero la indiferencia de sus ojos hablaba de decepción.

Aquella tarde de café de los miércoles, sus reflexiones ácidas y divertidas estaban convertidas en un escala de grises trepando hacia la burla de los demás, del mundo y con el sarcasmo como nunca antes prendido le decía a un amigo, con un cigarrillo encendido: “Mira mi querido Carlitos, al término de una relación hay dolor y decepción. Pero tú tranquilo, que después te das cuenta de que no todo era tan lindo, sino que en su mayor parte estaba compuesto de engaños y más engaños.” Y luego simplemente se reía ante nuestra mirada atónita.

Alejandro no llegaba a los cuarenta, tenía una no tan exitosa carrera corporativa pero si un buen ánimo para vivir la vida, su soltería la llevaba de forma impecable, y sus conceptos sobre lo que creía y sentía lo tenía bien puestos, estrictamente definidos. Por lo general, nuestro círculo de amigos era un espacio de compartir donde nadie preguntaba a menos que uno comenzara la conversación. Charlas muy productivas salían siempre de aquel café de los miércoles, pues tocábamos todo tipo de temas.

Alejandro, aquella noche se despidió dejando un billete sobre la mesa, nos dijo “Adiós, adiós.” levantando la mano y dándonos la espalda con desden, y tras dar un par de pasos volteó medio cuerpo y nos apuntó con los dedos en los que sostenía, quizás, su veinteavo cigarrillo de la noche, para decirnos en tono firme y burlón: “Amigos… las mujeres nunca nos engañan, nos engañamos a nosotros mismos.” Se dio media vuelta, y se fue.

Nunca más volvió a nuestro encuentro de los miércoles, las primeras semanas pasó desapercibido, alguno que otro lo llamó a su celular sin mayor éxito. Al cuarto miércoles de ausencia decidimos llamar a su casa, la muchacha que atendía nos informó que estaba de viaje, luego cada quien por su lado lo volvió a intentar semanas tras semanas hasta que nos olvidamos ya del tema y lo recordábamos de cuando en cuando como diciendo “¿Y que será del loco ese?”, eventualmente su celular dejó de timbrar, el número de casa ya no existía, y la dejadez – o poca amistad – nos impidió irlo a buscar a su casa u oficina

Un amigo nos comentó que una prima suya lo vio en el aeropuerto, otro amigo lejano nos dijo que vivía en Europa, y otro incluso nos habló de Estados Unidos, fueron tantas versiones en espacios de tiempos tan separados que cualquiera podría tener el mismo valor.

A veces lo recordábamos con nostalgia, a todos se nos ocurría que quizás Alejandro estaría muerto, todos lo pensábamos mas nadie lo decía; cuando ese silencio incomodo venia alguien rompía el hielo con alguna anécdota: “¿Te acuerdas de ese chiste tan malo que contaba Alejandro, haciendo voz de viejito?” Las risas aparecían, las historias pasan de una en una y de tema en tema perdíamos nuevamente el hilo y con él su recuerdo.

Un miércoles, cuatro años después, llegó Carlitos con una sonrisa en el rostro, el periódico enrollado en la mano caminando rápido y agitándolo en el aire, sin decir palabra lo extendió finalmente sobre la mesa, lo miramos todos preguntándole que pasaba, y él sólo señaló un anuncio que decía: “Hoy, en la librería Faustino, se presenta el nuevo libro de Alejandro Iruey: Mujeres y miércoles de café.”

No lo podíamos creer. ¿Sería nuestro amigo Alejandro? ¿Un homónimo quizás? ¿Y ese título? Nadie terminó su café ni su comida, salimos todos camino a aquella librería, y para nuestra sorpresa estaba llena, fotógrafos, periodistas, mucha gente, mucha bulla, su libro por todo lado y una cola de gente esperando para que le firmaran una copia; y al final de esta fila, nuestro amigo, más canoso, con algunos kilos menos y su típica seriedad irónica. Intentamos acercarnos y el mastodonte a cargo de la seguridad del local nos dijo que sin un ejemplar que firmar no podríamos acercarnos, cada quien tomó un libro y nos pusimos en la cola. Yo, abrí el mío, no tenia dedicatoria, la primera pagina citaba a Alejandro Dolina: “Sólo los sueños y los recuerdos son verdaderos, ante la falsedad engañosa de lo que llamamos el presente y la realidad.”

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