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Archive for the ‘Cuentos / Relatos’ Category

Ella está apoyada en la ventanilla 7A del avión que la llevará a miles de kilómetros de su país, el piloto avisó oportunamente el tiempo de vuelo, la altitud y velocidad entre otros datos, pero ella sólo mira de cuando en cuando su reloj, deseando que esos minutos pasen rápido para llegar pronto a su destino. Vuelve y mira las agujas del reloj pulsera swatch que compró dos años atrás por su cumpleaños y siente que el segundero anda con una inusual lentitud, siente que todo pasa en calma, menos los latidos de su corazón.

Reclina el asiento, lo inclina, se apoya en la ventanilla, luego en el espaldar, abre un libro, finge que lee, lo deja, busca en su cartera su ipod, intenta prenderlo, lo deja, ve el reloj de nuevo, mira el techo, transpira, ve la película, busca los audífonos para escuchar, lo deja, se reclina, respira profundo, vuelve a ver el reloj y piensa en que ya debería llegar.

Lo conoció hacían pocas semanas, el tipo llegó a su país para una charla y ella por encargo de su jefe “tenía” que asistirlo, y léase “tenía” con desgano pues las circunstancias que rodeaban ese evento en particular no eran las más gratas para ella. Y así fue, protocolar encuentro, charla enmarcada dentro de lo normal, cena moderada y acabó el día. El siguiente día de trabajo fue mucho más suelto, intercambiaron miradas, sonrisas, coquetearon y ahí pudo terminar todo pero ella le ofreció llevarlo al aeropuerto, de camino las risas no faltaron, los comentarios como “qué pena que me quedé dos días y no conocí nada” o “motivo para que regrese” eran de los que adornaban el corto trayecto al terminal.

Antes de despedirse en el aeropuerto, él le tomó la mano, y ella casi perdiendo la voz, en vez de decir un protocolar “gracias por su visita, vuelva pronto” le dijo sonrojándose “me hubiera gustado que se quedara un par de días más.”

Ahora nuevamente su cabeza apoyada en la ventanilla 7A del avión, se empaña por la respiración fuerte que le dejó su sonrisa al recordar su picardía, al atreverse a decirle semejante cosa, y peor aún, que él cancelara su vuelo y se quedara efectivamente dos días con ella. Comieron, rieron, pasearon, se conocieron, intimidaron y se amaron.

Y ahora ahí va ella, semanas después camino a verlo, su país quedaba muy lejos, así que decidieron encontrarse en un punto medio, un lugar donde le fuera fácil llegar a ella, y fácil llegar a él. Lo acordaron en sus interminables conversaciones noche tras noche desde aquel encuentro.

Estaba nerviosa, quería saber si todo lo que había estado pasando estas semanas era real, la duda la asaltaba de cuando en cuando pensando en que quizá él no era la persona que estaba idealizando, la asaltaba con mayor intensidad la fantasía de ver en él el hombre de sus sueños, de romper paradigmas y creer en el amor como nunca antes lo había hecho. Apoyada en su asiento jugaba con su reloj mientras lo veía.

Lo imagina sentado en un avión camino a verla, a la misma velocidad, hacia el mismo destino, en ese mismo momento, pero viniendo de un lado totalmente opuesto. No podía dejar de reírse, de soltar la risa nerviosa de quien se pilla haciendo una travesura, miraba nuevamente su aletargado reloj.

Él se tomó la delicadeza de escribirle una carta dos semanas después de conocerla, allí le había confesado el amor inexplicable que sentía hacia ella, el miedo que le provocaba no poder imaginar un futuro, la ilusión que le daba conocer a alguien con sus cualidades, y párrafos y párrafos hablando de su belleza. Ella no se había terminado de dar cuenta que estaba terriblemente enamorada, pese a que creía que estaba yendo “a ver qué pasaba.”

Su concentración se cortó de improvisto pues el capitán anunciaba el aterrizaje en breves minutos, ella guardó todo en su cartera y sacó su maquillaje, necesitaba pintarse, pues si sus cálculos eran exactos al salir del avión él ya habría aterrizado media hora antes, fue al baño, se lavó la cara, se cambió de blusa, regresó a su asiento se maquilló, acomodó el cabello, y de un diminuto gotero echó por su cuello la fragancia que lo volvió loco en su primer encuentro.

Caminado por la manga del avión, ya de bajada, repasó las mil y una escenas que tendría para cuando lo viera, no sabría si quedarse inmóvil, o quizá correr, gritar era una opción, llorar una más probable, pero sudar era la inevitable, no dejaba de caminar rápido y sentir un ligero temblor en su ser, ¡Qué emoción! Pensaba.

Al salir de la sala de embarque catorce buscó entre los curiosos y no lo vio, fue al monitor y verificó que efectivamente su vuelo había llegado hacia treinta minutos, fue corriendo hasta la sala veintisiete donde probablemente se quedó esperando y vio mucha gente embarcando ya para otra ciudad, no estaba allí; se confundió, regreso a su sala, la catorce, podía ser que entraba al baño, lo espero cinco minutos, diez, quince, entró en pánico. Cambió unos billetes de dólar y llamó a su celular, apagado. Se le ocurrió que perdió el vuelo, vio en el monitor y el siguiente llegaba en una hora, otro con escalas llegaba en tres, fue a la sala veintisiete, pidió saber si se embarcó y le respondieron que esa información era confidencial.

No tenía más remedio que esperar una hora si llegaba en el siguiente vuelo, fue a la sala dieciocho a esperarle, se sentó, puso la cara entre las palmas de sus manos y empezó a llorar, simplemente no quería pensar, se limpiaba el maquillaje arruinado por las lágrimas mientras miraba el reloj, desesperada de verlo pasar tan y tan lento.

En el siguiente avión no llegó, y en el otro tampoco, perifoneó su nombre y nadie acudió, entro a internet y no había rastro de él, llamó al hotel y nadie se había registrado aún, después de pensarlo mucho, cerca de seis horas después, llamo a su casa y le dijeron que “ha salido, ni idea si regresa”. Sintió morir.

Se sentó en el medio de una sala de espera vacía cerca ya de la media noche, sobre su pequeña maleta cargada de ropa para cuatro días, tres recuerdos de su país, y su cargamento de amores e ilusiones entreverados con su set de maquillaje y sus perfumes y soltó un llanto interminable, desconsolado, de aquellos llantos que casi no se escuchan pero que se sienten como a uno se le va el alma lágrima a lágrima y sollozo a sollozo

Así la conocí hace nueve años, yo llegaba de un vuelo largo desde Londres pasadas las tres de la mañana y me tope con esa conmovedora imagen, con esa increíble historia, y esa carita manchada por el maquillaje y la valentía de una mujer que no podía disimular un corazón roto, y hasta el día de hoy cuando pasamos (llegando, saliendo o en tránsito) por un aeropuerto guarda un silencio fúnebre y muestra una mirada incomoda.

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“Comprendo que la mentira es engaño y la verdad no. Pero a mí me han engañado las dos.” Me dijo aquella vez Alejandro al oído cuando le pregunté qué le pasaba, tenía un tono áspero, que bordeaba la melancolía pero la indiferencia de sus ojos hablaba de decepción.

Aquella tarde de café de los miércoles, sus reflexiones ácidas y divertidas estaban convertidas en un escala de grises trepando hacia la burla de los demás, del mundo y con el sarcasmo como nunca antes prendido le decía a un amigo, con un cigarrillo encendido: “Mira mi querido Carlitos, al término de una relación hay dolor y decepción. Pero tú tranquilo, que después te das cuenta de que no todo era tan lindo, sino que en su mayor parte estaba compuesto de engaños y más engaños.” Y luego simplemente se reía ante nuestra mirada atónita.

Alejandro no llegaba a los cuarenta, tenía una no tan exitosa carrera corporativa pero si un buen ánimo para vivir la vida, su soltería la llevaba de forma impecable, y sus conceptos sobre lo que creía y sentía lo tenía bien puestos, estrictamente definidos. Por lo general, nuestro círculo de amigos era un espacio de compartir donde nadie preguntaba a menos que uno comenzara la conversación. Charlas muy productivas salían siempre de aquel café de los miércoles, pues tocábamos todo tipo de temas.

Alejandro, aquella noche se despidió dejando un billete sobre la mesa, nos dijo “Adiós, adiós.” levantando la mano y dándonos la espalda con desden, y tras dar un par de pasos volteó medio cuerpo y nos apuntó con los dedos en los que sostenía, quizás, su veinteavo cigarrillo de la noche, para decirnos en tono firme y burlón: “Amigos… las mujeres nunca nos engañan, nos engañamos a nosotros mismos.” Se dio media vuelta, y se fue.

Nunca más volvió a nuestro encuentro de los miércoles, las primeras semanas pasó desapercibido, alguno que otro lo llamó a su celular sin mayor éxito. Al cuarto miércoles de ausencia decidimos llamar a su casa, la muchacha que atendía nos informó que estaba de viaje, luego cada quien por su lado lo volvió a intentar semanas tras semanas hasta que nos olvidamos ya del tema y lo recordábamos de cuando en cuando como diciendo “¿Y que será del loco ese?”, eventualmente su celular dejó de timbrar, el número de casa ya no existía, y la dejadez – o poca amistad – nos impidió irlo a buscar a su casa u oficina

Un amigo nos comentó que una prima suya lo vio en el aeropuerto, otro amigo lejano nos dijo que vivía en Europa, y otro incluso nos habló de Estados Unidos, fueron tantas versiones en espacios de tiempos tan separados que cualquiera podría tener el mismo valor.

A veces lo recordábamos con nostalgia, a todos se nos ocurría que quizás Alejandro estaría muerto, todos lo pensábamos mas nadie lo decía; cuando ese silencio incomodo venia alguien rompía el hielo con alguna anécdota: “¿Te acuerdas de ese chiste tan malo que contaba Alejandro, haciendo voz de viejito?” Las risas aparecían, las historias pasan de una en una y de tema en tema perdíamos nuevamente el hilo y con él su recuerdo.

Un miércoles, cuatro años después, llegó Carlitos con una sonrisa en el rostro, el periódico enrollado en la mano caminando rápido y agitándolo en el aire, sin decir palabra lo extendió finalmente sobre la mesa, lo miramos todos preguntándole que pasaba, y él sólo señaló un anuncio que decía: “Hoy, en la librería Faustino, se presenta el nuevo libro de Alejandro Iruey: Mujeres y miércoles de café.”

No lo podíamos creer. ¿Sería nuestro amigo Alejandro? ¿Un homónimo quizás? ¿Y ese título? Nadie terminó su café ni su comida, salimos todos camino a aquella librería, y para nuestra sorpresa estaba llena, fotógrafos, periodistas, mucha gente, mucha bulla, su libro por todo lado y una cola de gente esperando para que le firmaran una copia; y al final de esta fila, nuestro amigo, más canoso, con algunos kilos menos y su típica seriedad irónica. Intentamos acercarnos y el mastodonte a cargo de la seguridad del local nos dijo que sin un ejemplar que firmar no podríamos acercarnos, cada quien tomó un libro y nos pusimos en la cola. Yo, abrí el mío, no tenia dedicatoria, la primera pagina citaba a Alejandro Dolina: “Sólo los sueños y los recuerdos son verdaderos, ante la falsedad engañosa de lo que llamamos el presente y la realidad.”

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Había una vez, y mentira no es, un sueño maravilloso, lleno de vida, de esperanza, de alegrías. Pero este sueño tenía también un sueño, deseaba enormemente ser soñado para convertirse en realidad. Así que decidió ir en busca de alguien tan especial como él para que le soñara y así poder convertirse en algo real.

Se pasaba las noches buscando a ese alguien especial que le atrapara en su mente. Pero no era tan fácil, pues veía que casi todo el mundo tenía la cabeza llena de otros sueños y no había ni siquiera un minúsculo espacio para el.

Una noche, mientras andaba jugueteando con las estrellas se posó en una ventana y vio a una mujer durmiendo. Se quedo un rato pegado al cristal observando y se decía: “¿Y si fuera ella?”. Ni corto ni perezoso, empezó a buscar como entrar por la ventana y se metió sigilosamente en la habitación.

Muy despacio se fue acercando a ella para no despertarle con un roce de viento. Apenas se movía y casi no le sentía respirar. Le miró al rostro y se dio cuenta de que jamás en la vida había visto un semblante tan relajado como el que estaba mirando, emanaba paz de su interior y un gran calor. Se quedo recostado en la almohada mirando a la mujer imaginando como sería con los ojos abiertos. Se sentía a gusto y muy tranquilo. No se daba cuenta de que las horas iban pasando y que los primeros rayos de sol comenzaban a rozar los cristales de la ventana.

Pero seguía dudando si sería la elegida para que le soñara, de modo que se dijo: “Me voy a quedar un tiempo con ella para ver como es. No me gustaría equivocarme y evaporarme sin ver cumplido mi gran sueño”. Y así lo hizo.

Durante unos días la acompaño a cualquier sitio que fuera. Se posaba sobre su hombro y observaba todos sus movimientos, las personas con quienes se relacionaba, su entorno de trabajo, sus hábitos y aficiones, pero no descubría nada nuevo, solo veía en ella una persona sencilla, humilde, tierna, parecía que no tenia ilusiones, como si simplemente se dedicara a vivir.

Sin embargo, por las noches, mientras la mujer dormía, no dejaba de mirar tan relajado rostro, sin preocupaciones, tan tranquilo. Daba la sensación de que era como una princesa de cuento, su respiración apenas se dejaba sentir.

En una de esas noches decidió introducirse por un momento en su cabeza para ver que había allí dentro, pero no vio nada, su mente estaba vacía de cualquier tipo de sueños y volvió a salir al exterior. Le extrañó mucho, pues ¿quién no tiene sueños? ¿Quién le habría quitado los suyos?.

Y un buen día, (porque siempre llega “el día” en los cuentos) había descubierto algo en ella muy especial, a su lado se encontraba muy a gusto, no se cansaba de mirar su rostro dormido, le gustaría verla siempre así. Tan bien se encontraba que al final tomó una decisión, se quedaría junto a ella y cuando le viese triste entraría dentro de su mente para alegrarle y hacerle olvidar lo malo de la vida. Le daría un poco de él cada vez que lo necesitase. La mujer había despertado en él los sentimientos y el sueño dejo su sueño por ella.

Por las noches se posaba a su lado para observarle y de vez cuando se introducía entre sus cabellos para acariciarlos ó bien se acurrucaba en su pecho, entre sus brazos, y se decía para sí: “Que mejor sueño que tener a alguien a su lado que se abraza a un sueño para hacerle soñar.”

Y así, aunque el sueño nunca lo supo, se había convertido en una realidad, tener a alguien especial a su lado. Realmente esa era su gran realidad, ser un sueño por soñar.

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Había una vez, y mentira no es, en un lugar muy pero muy lejano, un reino pequeño pero maravilloso, que tenía una Reina increíblemente bella, rica y sabia… Un buen día, cansada de pretendientes falsos que se acercaban a ella para conseguir sus riquezas, hizo publicar que se casaría con quien le llevase el regalo más valioso, tierno y sincero a la vez.  El palacio se llenó de flores y regalos de todos los tipos y colores, de cartas de amor incomparables y de poetas enamorados. Y entre todos aquellos regalos magníficos, descubrió una piedra; una simple y sucia piedra. Intrigada, hizo llamar a quien se la había regalado.

A pesar de su curiosidad, mostró estar muy ofendida cuando apareció el joven, y este se explicó diciendo:

– Esa piedra representa lo más valioso que le puedo regalar mi Reina: es mi corazón. Y también es sincero, porque aún no es suyo y es duro como una piedra. Sólo cuando se llene de amor se ablandará y será más tierno que ningún otro.

El joven se marchó tranquilamente, dejando a la Reina sorprendida y atrapada. Quedó tan enamorada que llevaba consigo la piedra a todas partes, y durante meses llenó al joven de regalos y atenciones, pero su corazón seguía siendo duro como la piedra en sus manos.

Un día, desanimada, terminó por arrojar la piedra al fuego; al momento vio cómo se deshacía la arena, y de aquella piedra tosca surgía una bella figura de oro. Entonces comprendió que ella misma tendría que ser como el fuego, y transformar cuanto tocaba separando lo inútil de lo importante.

Durante los meses siguientes, la Reina se propuso cambiar en el reino, y como con la piedra, dedicó su vida, su sabiduría y sus riquezas a separar lo inútil de lo importante. Acabó con el lujo, las joyas y los excesos, y las gentes del país tuvieron comida y libros. Cuantos trataban con la Reina salían encantados por su carácter y cercanía, y su sola presencia transmitía tal calor humano y pasión por lo que hacía.

Y como con la piedra, su fuego deshizo la dura corteza del corazón del joven, que tal y como había prometido, resultó ser tan tierno y justo que hizo feliz a la Reina por el resto de sus días… amor.

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Una noche, como tantas, ambos se encontraban ya en la cama. Eran camas distintas, sitios distintos, en horas distintas, ambos apunto de dormir…

Uno de ellos pronto concilia el sueño, duerme rápido y profundo pero antes se arropa, se da la vuelta, aprieta la almohada tan y tan fuerte hasta hundir la cabeza en ella, sintiéndose inmortal en la paz de un silencio que solo la noche puede dar. A lo lejos un sonido viene casi imperceptible de la cocina, quizá es el refrigerador que se prende y apaga monótonamente durante la noche convirtiéndose en un sonido rutinario que pronto desvanece cuando concilia ese sueño profundo que no es fácil interrumpir, respira cada vez mas suave, sonríe y duerme con la paz que algunos sienten cuando pequeños, cuando son protegidos…

El otro no concilia el sueño tan rápido, los pensamientos le asaltan, tal como lo hace el recuerdo de la travesura infantil en los momentos más inesperados. Así, insomne, con la poca claridad que entra por la ventana desea verle dormir, y piensa, y sueña despierto, sueña con días de pasión nocturna, de la búsqueda de los sexos, de la explosión del encuentro de cuando las noches no son descanso, cuando el sueño no era un vil asaltante a mano armada, cuando ninguno cede ante el peso del día transcurrido y quiere dedicar unas horas más para saber del otro… Mira por la ventana, desea ver su alma que huye, que se embarca en un sueño mágico e irreal, que se vaya por aquella ventana y se vuelva inmortal, y le encuentre tan inmortal como se siente ahora soñando…

Besos. Esa noche soñó con besos. Para ser más exactos soñó con un largo beso; uno muy suave, muy lento, inagotable, incansable, largo, un beso que parecía eterno…

Cerró los ojos al recordar aquel sueño, la luz de la luna que invade la habitación le ha hecho un llamado a dormir. A no soñar despierto, porque la luz de luna sabe que hay sueños que uno no debe permitirse despierto, estos siempre peligran de volverse confesiones escritas en una noche como esta.

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Mientras miraba como se alejaba, conduciendo su auto por la rampa cuesta arriba del estacionamiento de aquel edificio, recordó las palabras de Jorge Luis Borges cuando decía: “Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única.” Se quedó allí, recostado en una columna de pie, en un estacionamiento vacío, respirando fuerte recordando su perfume; cerró los ojos y vio su mirada, inevitablemente saboreó sus besos, y pensó sobre sus propias lágrimas.

No tenía idea de qué había sucedido. Él, una persona calma, un poco cerrada, distante, que había escuchado elogios sobre sus capacidades y era justamente eso lo que lo hacía interesante. Por ello se comportaba estricto, cuadriculado sin aceptar que entren en su espacio, y con esa actitud espanta, aleja, no da pie a que se le acerquen y quien lo hace de manera arrebatada obtiene de su parte la más cruel indiferencia, y él está consciente de eso, pero esta vez ¿Qué había sucedido?

Por alguna extraña razón estaba en ese estado en el que no se tiene sentido exacto de la realidad ni de sus alcances, había perdido la noción del tiempo y del espacio, no fue hasta que regresó a su habitación que cayó en cuenta que aquella no era su casa, que aquel no era siquiera su país, que la hora era muy avanzada, y que aquella mujer se acababa de llevar algo valioso y en cambio le dejó algo precioso también.

Se acostó en la cama destendida, abrazó todas las almohadas y se enterró en el olor y el recuerdo. Pensó en ella sin morbo, sintiendo que lo acontecido podría calificarlo como “fluidez”, ¿Qué había sucedido? Se repetía sonriendo, sabía que no entró arrebatada en su vida, ni lo logró sutilmente tampoco, simplemente entró como si fuera su casa, sin permiso pero con autoridad. Él se conoce, sabía que por su genio solía enamorarse de personas que le son indiferentes, bellas mujeres a quienes percibe como retos, a quienes encuentra, se deslumbra, las busca, cautiva y construye una relación, que quizá para muchos es falsa, pero para él es real. Esta vez, nadie arrebató a nadie, desde el primer día que se conocieron la relación fue de mutuo respeto y admiración, cafés van y vienen, las horas pasan y todo “fluía”, no pasó mucho para que sus murallas bajaran y se dieran cuenta que son un par de seres parecidos, independientes, inteligentes, concretos, sueltos, que comparten una afición increíble por la música, la soledad, los chistes malos, el teatro, el cine, la lectura y dormir hasta tarde un domingo entre tantas otras más.

Ella, es de alguna forma como él, de mirada fuerte, seria, de voz fina, pero directa, que revela su carácter, se sabe inteligente, se siente segura por sus logros y ha construido una muralla para proteger la fragilidad de su niña interior, esa que quiere salir a correr por los parques persiguiendo mariposas, la que necesita un abrazo por las noches y alicientes para continuar…

Y sin darse cuenta, allí están, como dos niños sentados en el techo de un edificio con una botella de vino blanco, riendo, escuchando, compartiendo, soñando, descubriéndose. Sorprendidos de sus propios actos, dándose cuenta que se han roto los esquemas el uno al otro, que no tenía lógica ni sentido pero con la convicción natural de dejar que las cosas cobren vida propia; y así crearon una imagen de postal por cada una de esas noches. Se gustaban tanto y se contenían aun más, hasta que un abrazo cobra vida, hasta que el otro respondió trepando por su mejilla, hasta que los dedos se les escaparon para recorrer los rostros, las miradas cómplices en una tibia noche gritaban en sus silencios, y sus sonrisas pícaras les dieron el preámbulo de iniciar una historia que ahora él cuenta alegre y risueño.

Eran tan parecidos que necesitaban darse roles para llevarse bien, se peleaban por poner cada uno la música que le gustaba al otro, y así era un día de uno y otro día del otro, se turnaban para conocerse y compartir, ella cocinaba y el ponía la mesa y lavaba los platos. Cuando ella soñaba, él la secundaba, y cuando él se ponía tenso ella simplemente lo amaba. Aunque ella era por lo general fría, desde que se conocieron (antes de subir a su automóvil, aquella noche de su primera despedida, vio que ella tuvo el impulso de llorar y no lo hizo, se contuvo, y él, por más que intentó, prefirió dejar fluir tan sólo cuatro honestas lágrimas) y cuando ella reprimía un sentimiento, él la alentaba sentir, cuando él se sentía triste ella sin decir nada lo llevaba a pasear, al cine, de compras o por un café, sin decirle ni pedirle nada, simplemente lo hacía, diría que hasta se lo imponía. Pero cuando se molestaban – al principio – la pasaron muy duro hasta que entendieron que esos episodios no valían la pena para lo que realmente era importante en sus vidas. Aprendieron a disfrutar esos pequeños espacios de tiempo, esas cosas sencillas…

Para él, el amor comenzaba en la mente, para ella el amor empieza en la seguridad emocional. A él siempre le gusto la idea de descubrir un mundo donde las hojas nunca caen… y el Sol nunca se pone. Ella estaba segura de que semejante mundo no existía, pero cuando decidieron alcanzar la felicidad juntos, ella se unió a la búsqueda. Un día quizá la sorprendió al encontrarlo, pero no fue si no hasta cuando ella abrió los ojos, le quito los cerrojos al corazón y elimino de su vocabulario la palabra “imposible” … como él lo hizo desde la primera vez que la oyó…

Creo que él no tenía idea de cómo había llegado hasta allí, creo incluso que no tenía idea de que fue perfecto cómo comenzó, si no hasta ese momento en que nos contaba a todos su historia, volvió a repetir la frase de Borges casi susurrando “Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única.” Como quien cae en cuenta realmente de lo que significa, como si se hubiera olvidado estos últimos años lo que significó aquella primera vez que lo pensó en el estacionamiento del edificio aquel, incluso podría jurar que sintió que nunca salió de ese estado en el que no se tiene sentido exacto de la realidad ni de sus alcances, había perdido indefinidamente la noción del tiempo y del espacio, y que aquella mujer nunca dejó de llevarse a diario algo tan valioso y a cambio siempre dejándole algo precioso también…

La verdad que ya no me acuerdo que más contó, los detalles se perdieron por la conmovedora imagen que sucedió en ese momento, pues si algo recuerdo vivamente fue que hizo una pausa larga, respiro hondo, volteó y miró el ataúd donde ahora esta su mujer y dijo: Mujer, han pasado cuarenta y dos años desde el comienzo de esta historia, hizo una pausa y se escuchó como contenía el llanto, los ojos se le llenaron de lágrimas y le dijo: Amor, hoy era tu día de poner la música.

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La última vez que vi a Francisco fue en el aeropuerto, estaba esperando en un café cerca a la sala de embarque veintiséis, el vuelo estaba en hora y él con mucho tiempo libre, súper puntual, bueno siempre fue así, desde que lo conozco se podría decir que es un tipo que prefiere la hora inglesa, vale decir, estar quince minutos antes de la hora indicada, y en los aeropuertos no era la excepción, por el contrario, de hecho siempre se burlaba de alguien que perdía un avión por falta de previsión de tiempo, aunque una vez me dijo: “Sólo vale perder un avión por amor.” Recuerdo cuando me contaba la historia de aquella vez que viajó con su novia, relajados ambos, conversando lo suficiente y mirándose mucho más, y eso justamente les pasó, se quedaron sentados tomando un café mientras se miraban platónicamente a los ojos, era como llegar a meterse en un abismo de insólitos pensamientos y explorando el alma de la otra persona sin descripción razonable, y, por qué no también, de explorar el alma de uno mismo… (Hizo una pausa como saboreando el recuerdo) bueno, eso fue lo que sucedió, así perdí un avión porque me perdí en la mirada que me suele hacer perder la noción del tiempo.

 

El era así, un tipo serio, algo arrogante cuando se le ve por la calle, solo o acompañado, pero basta con que te deje pasar esa coraza que le ha creado su timidez para que encuentres a una persona divertida, siempre dispuesta a jugarte una broma, comentando a cada momento alguna obviedad de manera lógica, sarcástica, atrevida, y hasta a veces inoportuna.

 

Hoy lo vi un poco distante, se sorprendió al verme y esperé (como siempre) que hiciera alusión a mi corta estatura, pero no, no lo hizo, me miró y se paró mientras me regalaba una sonrisa disforzada, me comentó que estaba cansado y me invitó a sentarme junto a él.

 

Después de las preguntas protocolares, de enterarme las últimas novedades y acontecimientos más relevantes de su familia y los amigos comunes de ambos, su semblante cambió, y ya de mejor genio nos reímos recordando lo seguido que solíamos encontrarnos en los aeropuertos, fue muy discreto al preguntarme de mi divorcio, y yo procure serlo con respecto a su familia, pero cuando estaba por preguntarle de la muchacha aquella que le hacía perder los aviones, hizo un gesto mientras pasaba un sorbo de café como quien acaba de acordarse de algo muy importante, urgente, abría los ojos y movía una mano mientras con la otra dejaba la tasa de café, pasó toscamente el sorbo de café, yo, le abrí los brazos y lo miré como diciendo “¡¡¿qué paso?!!”.

Tras limpiarse la boca con la servilleta me dijo:

– Tengo una pregunta importante que hacerte.

Tomó su equipaje de mano y sacó de él una agenda, buscó una página en particular, destapó el lapicero que tenia sobre la mesa y se puso en posición de escribir mientras con voz seria dijo:

– Pregunta, ¿si tuvieras un accidente en avión qué harías?

Como entenderán la pregunta me dejó con los ojos abiertos y sin nada que responder, y ante esta reacción añadió

– ¡Jejeje! me explico: Si el avión en el que viajas, inevitablemente anuncia una falla en el motor o algo y esté cae en picada, ¿qué es lo que harías?

– Bueno – le dije despacio – no sé la verdad, supongo que intentaría recordar las instrucciones de seguridad y empezaría a rezar… no sé Francisco, nunca me había puesto en esa situación.

Él, seguía escribiendo en su agenda interesado al parecer de mi respuesta, de pronto cerró la agenda y tapó el lapicero, supongo yo que tomó nota de lo que dije, se quedó mudo, cruzó ambas manos en la agenda y le pregunte:

– ¿Y tú? ¿Qué harías?

– Mira, como sabes yo he trabajado varios años en el aeropuerto y en estos últimos años he tenido la suerte de tomar muchos vuelos, pero siempre tengo esa extraña sensación antes de abordar de que algo pueda suceder, y sí, esta dentro de las posibilidades que algo suceda, mínimas pero existen, por eso procuro siempre dejar una nota, escribir un correo o algo dejando mis mejores deseos, mi sentir e intenciones, pero allí arriba, en pleno vuelo, cuando ya lo acontecido es inevitable, siempre pensé en hacer algo estúpido, irreverente, algo que no haría en una situación normal.

Yo, claro está, puse un gesto confuso y le pregunte:

– ¿Cómo qué?
Y él riendo me dijo:

– Ahí voy, mira, cuando me chekeo procuro sentarme junto a alguna mujer, cosa que si en pleno vuelo nos anuncian la lamentable caída, pues no tendría reparo en voltear y cogerle un seno, o por qué no, los dos, y apretarlo hasta que me salga entre los dedos, de la forma más vulgar y atrevida…

La carcajada que lance, fue histriónica.

– ¡Es que es verdad! – me decía entre mis risas – piénsalo bien, en esa situación ¿qué es lo peor que puede pasar? ¡nada!, porque ya estas jodido y si por un milagro el avión se salvara, tendría la escusa de decirle que fui presa de shock y lamentablemente reaccione así y pongo cara de víctima y ¡ya! ¿Acaso me vas a decir que tú nunca has visto una mujer en algún lugar, y con un deseo libidinoso, animal, impersonal te hubiera gustado acercarte y hacer algo así? ¿No es mejor opción hacerlo en esta situación…?

 

Nos reímos un rato del tema, celebré como siempre sus ocurrencias y lo llamé loco cuando sonó el alto parlante anunciando el abordaje en la puerta veintiséis.

– Es mi llamado – me dijo.

Nos levantamos a la vez, nos dimos un fuerte abrazo por el gusto de vernos y le deseé que le tocara una chica con mucha “pechonalidad” en caso, Dios no quiera, alguna desgracia sucediera. Celebró mi gesto y me tomó del brazo y me preguntó con una voz más seria y calmada:

– ¿Por qué no preguntaste nada de la chica que me hace perder los vuelos?

La verdad no le dije nada, tan solo levanté los hombros e hice un gesto de esos que dicen mucho, levantas un poco las cejas y comprimes lo labios, y él me dio una palmada en el hombro.

– ¡Gracias hombre! Eres un buen amigo, pero te tengo que pedir un favor, entre broma y serio, si algo pasara a ese avión y se da una lamentable partida mía a otro mundo, dile que antes de subir estaba pensando en ella, que aun la seguía esperando, y que hubiera dado lo que sea porque ella estuviera en este y todos mis vuelos, para tomarlos juntos, o perderlos juntos…

– Claro que sí mi hermano – le dije abrazándolo.

– Y no te olvides por favor de decirle – continuó – que si cae el avión, igualito le aplastaré una teta a alguien, pero pensando en ella.

 

 

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