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Archive for the ‘Cuentos / Relatos’ Category

Terminó de hojear la última página de una revista que tomó del estante y se quedó pensando que definitivamente no llegaría su cita, no se quiso molestar en ver el reloj, lo sentía evidente, ya el sol se había ocultado hace rato y la mesera pasó con desdén varias veces por su costado, se animó a pedir un café.
Una súbita secuencia de imágenes inundaron su mente, empezó a recordar a todas y cada una de sus amantes, sonreía, se sintió bien con quienes compartieron momentos con él, se abstrajo totalmente en ese momento, acomodó su silla hacia la ventana, y el mundo que pasaba frente a él era una imagen que no le decía nada en comparación a sus deleites, a sus recuerdos.

Hizo una pausa y reflexionó sobre el término: amantes. No las sentía así, al contrario, pensó que esos momentos eran tiernos y que cada cual contenía un sentimiento especial. Hizo una nueva pausa, imágenes nuevas aparecieron en su cabeza desmintiendo su última postulación, de tiernos no tenían nada pensó, sonrío al sentirse travieso, bajó la mirada y con un sorbo de café cortó su risa.

Esta vez recordó a sus “ex”, ahora sí sintió una terrible mezcla de sentimientos, intentó distraerse pero no pudo, no sabía si sentía sólo pena, nostalgia, o quien sabe qué por aquellas personas que, ahora sí, sentía que fueron momentos especiales en su vida. Las recordó una a una, con esa capacidad que tiene el cerebro humano de hacerte un resumen visual en micro segundos, desfilaron frente a él los primeros momentos, los mejores, los determinantes, los peores, la separación, los re encuentros hasta concluir con las imágenes actuales. Recién caía en cuenta que todas y cada una de ellas tenían hoy por hoy un compromiso… se sintió solo, sentía pena de no haber concretado nada con ninguna de ellas, no sabia si aun las quería o amaba, al menos a alguna de ellas o era un reflejo sutil de los celos que sentía en ese momento.

Se molestó, él aun no estaba casado, ni tenia hijos, y sin un compromiso serio a la vista. Añoró la sensación de estar con compañía, de ir de la mano de alguien especial, de compartir momentos, de despertar un fin de semana en compañía. Recordó a quien le plantó en ese momento, se indignó. No sabia cómo acababa de llegar a ese estado de ánimo, si hace unos minutos sentía gozo por los recuerdos placenteros, “vacíos” sonó con eco en su cabeza, ya no quiso pensar, tomó nuevamente la revista que cerró hace un rato y la empezó a hojear, no veía nada, “celos” retumbó en su cabeza, miraba a su alrededor y veía parejas, cariños, familias, grupo de amigos, amigas, “solo” era el susurro que sintió varias veces en sus pensamientos, levantó la mano, no lo veían, se molestó aun más. Movió bruscamente su mano, hizo una señal pidiendo la cuenta, miró su reloj, tomó el celular, recorrió los números mientras pensaba en llamar a alguien a distraerse, pero ¿a quién? Este no, no, menos, no, no, no, puede ser, no, no, no, no… su cuenta señor, interrumpió la mesera mientras la dejaba en su mesa, él la vio con una sonrisa forzada, dejó un billete y se olvidó del celular, volvió a ver su reloj, pensaba en entrar al cine, o ver tiendas, no sabia que hacer, le trajeron el vuelto, lo contó, lo guardó, tomó la boleta y notó una anotación, era un correo electrónico y una nota que decía simplemente: escríbeme, se confundió, levantó la mirada y vio a su mesera que le sonreía detrás del mostrador, no entendió, le devolvió la sonrisa, una serie de imágenes pasaron por su cabeza, se sintió coqueto, dejó una importante propina, se paró, guardó el papel y se fue.

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Siempre hay una historia detrás de cada una de las historias pensaba acostado en su viejo  sillón mientras miraba como desaparecía lentamente el ultimo rayo de sol que entro por su ventana y en su equipo de música dejaba de sonar un triste piano y la letra que comenzó con un “he querido regalarte en un día tan especial un baúl imaginario donde puedas ensoñar…” y ahora concluía con un tristísimo “feliz cumpleaños”.

La habitación quedó en silencio, la noche entraba apoderándose de cada ricon, dejándolo en la penumbra recostado en el sillón donde solían pasar juntos su cumpleaños. Prendió un cigarrillo y observaba bocanada tras bocanada las extrañas figuras que formaba el humo, mientras pensaba que esta podría ser la portada pintoresca de algún álbum musical que aun sueña con producir.

Ahora estaba allí y su cerebro empezó una conversación intensa sobre el momento, quería pensar en como hubieran sido las cosas si su vida la hubiera llevado lejos de la “creme” de la critica, si no le hubiera dado valor y peso a las personas que con sus trajes opulentos siempre le tendían la mano para susurrarle alguna critica, o un consejo, o una mejora. Finalmente siempre vivió para complacer a los demás, y cuando tubo el prestigio de esta gente, se sintió solo y frustrado, no sentía que estaba donde quería.

¿Pero porque no ha dejado de escucharlos? ¿Sería el miedo? Tal vez se quería convencer de que la critica es buena, en algunos casos; objetiva, en otros; o que ayuda (¿quizá a crecer?). Pero poco a poco caía en cuenta que todo eso era mentira, que no hay crítica con amor, que cada vez que alguien le critico le impuso su opinión para hacer de él lo que ellos quisieran, y no realmente lo que él quería, terminó viviendo su vida para todos los demás menos para quien realmente importa: él

Una ceniza larga, producto de un cigarro no fumado, se desprendió de la colilla entre sus dedos y se deshizo al aterrizar en la alfombra, él, ni se inmuto. La habitación estaba prácticamente a oscuras, y el perdido en aquella boca de lobo, con la mirada igual de perdida en el techo pensaba que hoy en día ya de amor no muere nadie, y que él seria un caso único de rebrote de amor mortal en nuestros tiempos.

Se sentía un tipo cualquiera, con sus propios defectos y pecados, era un claro oscuro de oscuros oscurísimos, tenia sus días buenos y malos, sus días pésimos y esos días que no son días y se reconfortaba sintiéndose normal, transparente y real, no una farsa o un ser pre fabricado, solo manipulado y nostálgico cobarde que no se atrevió a pararse en situaciones donde ameritaba un heroico “ándate a la mierda” y abrirse paso por el mundo para seguir creciendo, explorando, disfrutar del olor del riesgo, de la creatividad, de la vida…

Y aquí esta él, solo, oculto en la oscuridad de sus pensamientos, reflexionando, meditando, hasta deseando que su suerte hubiera sido distinta, que ya no era un chiquillo para andar a merced de otros y para otros, y que necesita el valor para tomar las riendas de su propia vida, porque por culpa de esa carencia ha perdido tiempo, amores, y razones. Que la suma total de todo esto lo tiene exactamente donde esta. Deseando tener una nueva oportunidad para levantarse y declarar su propia independencia, y vivir!

El sonido del timbre distrajo sus pensamientos, prendió la luz y se dirigió raudo hacia la puerta, no esperaba visitas, menos hoy y a esa hora, completamente despeinado abrió la puerta y la vio allí, parada, guapa, tierna, humilde, sin decir una palabra él quedo asombrado por la visita. Ella empezó diciendo “he venido hoy porque quería decirte que estaba pensando…” y empezó a caminar hacia él, con la clara intención de entrar a su apartamento y en eso, el estiro la mano, como deteniéndola sin tocarla, el gesto la dejo fría, inmóvil, y le corto la frase: “… estaba pensando en que quería intent…” y él le dijo secamente con la mirada en el suelo, espera, tengo algo muy importante que decir, hizo una corta pausa, levanto la mirada y grito: “ándate a la mierda mundo entero” y sin darle tiempo a reaccionar la abrazo con  ternura y mientras le besaba la mejilla le susurro al oído “déjame ser tuyo amada mía”.

 

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Se sentó lentamente en el borde de su cama, se quedo con la mirada perdida en la pared, como si en ella estuviera la respuesta a alguna de sus preguntas, de pronto, llevo las manos a los bolsillos y busco un papel, el cual desplegó parsimoniosamente sobre sus rodillas, y volvió a leer:

“Hoy he soñado contigo. Hoy he soñado que ya no te quería. Que te veía a lo lejos y no quería verte más cerca. Pero te acercabas… me regalabas una de tus sonrisas tristes y resbalabas sobre mi brazo una de tus caricias lentas. Pero yo no sentía nada. Me mirabas, con esa dulzura melancólica que tienen tus ojos, pero ya no encontraba los míos reflejados en los tuyos. Ya no eras espejo. Ni abismo. Ni peligro. Ni conciencia. Ni deseo. Ni refugio…

Tu voz sonaba igual que el eco del olvido. Intermitente, disonante, lejana, como el rumor falso del mar en el fondo de una caracola, irreal y áspera. Me susurrabas al oído las mismas mentiras de siempre, las que siempre quise creer, pensando que de tanto repetirlas se convertirían en verdades. Pero ahora me sonaban a verdaderas mentiras y sabían como auténticas verdades.

Yo te hablaba siempre de mis sueños ¿Lo recuerdas? Tú decías que casi no soñabas. Le quitabas importancia a los míos. “Sólo son sueños… No hay que hacerles mucho caso” decías; y yo insistía. Te contaba lo reales que eran, te hablaba de los colores, de los lugares, de las palabras, de las sensaciones que soñaba. Y tú te reías diciendo: “cada vez son mas raros tus sueños…”

Hoy he soñado contigo. He soñado que te alejabas llorando cuando te decía que ya no te quería. Que no quería más tus caricias, ni tus sonrisas, ni tus miradas, ni tus abrazos. Que ya no te echaba de menos, ni quería estar a tu lado. Que en tu mundo de miedos te aferrabas a la soledad aunque el corazón te estuviera pidiendo a gritos salir de su oscuridad. Y yo te decía que ya no tengo miedos. Que ya no quiero soledades. Que ya no quiero, sencillamente… ”

Sentía la tibieza de una lagrima recorrer lentamente su mejilla, casi como queriendo acariciarla, y de pronto desprenderse para aterrizar en aquella hoja de papel, dejando una mancha de la fusión propia de una lagrima y tinta, mientras piensa que quizás esto sea lo ultimo él le escriba, lo ultimo que sepa de él…

De pronto, violentamente arruga el papel mientras se para, respira profundo, destruye uno a uno sus intenciones de remediar algo, y piensa que raro él, las cosas que sueña (bah!) … mientras se alejaba llorando.

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Les encantaba viajar juntos, era una especie de terapia escaparse de cuando en cuando y montarse en un avión, entusiasmarse haciendo las maletas, comer algo en el aeropuerto, reírse de lo que valga la pena reírse (todo!) y aterrizar. Sus almas sabian que por más que el amor es puro necesita renovarse cuando se envuelve en el día a día y sus que haceres cotidianos los alejan de lo que realmente es importante.

Esta vez escogieron una ciudad pequeña al sur del país, donde una brisa fresca les dio la bienvenida al bajar del avión y luego una ola de calor sofocante los acompañó hasta el pequeño hotel donde se hospedarían, él ya conocía el hotel, reservó la habitación de la cual siempre le hablo y juntos por su alfombrada entrada llegaron hasta su habitación, dejaron sus maletas junto a la cama, decidieron darse una ducha y refrescarse del calor, se bañaron juntos, como siempre, y después de mucho tiempo bailaron en silencio bajo el chorro de agua, sin música, mirándose, enamorados, re encotrados en la silenciosa melodía de sus miradas, ¡¡que miradas!! El pensado que era el rostro más hermoso que ha visto en su vida y ella pensando que ese era uno de los momentos que siempre había soñado vivir.

Hicieron el amor tiernamente entre la ducha y la cama, rieron, hablaron, hasta quedarse dormidos abrazados como lo que son: un solo ser. Ya entrada la tarde, con ropas sueltas y de la mano salieron en busca del almuerzo, llegaron hasta la plaza principal e inmortalizaron el momento en una foto pagada a un muy amable viejito que contaba sus historias mientras intentaba sacar su mejor foto (ahora digital es la cámara decía mientras se reía).

El plan era sencillo: relajarse, esa tarde les entregarían el auto que alquilaron y escogerían los planes para el día siguiente: ir hacia al sur o hacia el norte, cruzar la frontera hacia Arica, Chile, o irían a pasar el día a Ilo, a la playa, al nuevo malecón del que tanto hablan en Tacna…

La verdad es que el lugar no importaba, era la sola idea de ir por la carretera a plena luz de día cantando canciones a voz en cuello mientras el carro se deslizara a ochenta kilómetros por hora y el viento les refresque mientras entra por la ligera rendija que dejaron en las ventanas casi cerradas, ella, por supuesto manejando (por que le encanta) y él, engriéndola, viéndola, cantándole, gozándola. Que importa a donde irían, lo importante es cómo irían.

Terminando la tarde se fueron rumbo a la playa, estacionaron cerca a un restaurante, y bajaron para ver el atardecer sentados en la playa, las familias se estaban retirando ya, y ellos se quedaron cada vez más solos, mudos, mirando el atardecer. De pronto ella le pregunto con soltura, ¿me amas? Y él sin mirarla le dijo, ¿lo dudas? Y ella reflexiono y se llevo la mano al pecho mientras decía, no dudo esto, dudo esto, ahora hacia con una mano círculos, como queriendo dejar dentro de un circulo imaginario el mundo, y él reía, le dijo suave pero firmemente que recuerde siempre que la vida es como un espejo y si rompes ese espejo detrás existe otro, “porque detrás de un espejo siempre hay otro espejo” le dijo ella en voz baja, pero él insistió en lo importante de deshacerse de algunas imágenes que uno recibe para poder evolucionar, de romper algunos espejos le dijo mientras imito su gesto con la mano que intentaba en un circulo imaginario rodear el mundo. Yo no quiero deshacerme de esta imagen le dijo ella coqueta mientras lo abrazaba. El sol ya estaba a pocos minutos de desaparecer oculto detrás de la línea anaranjada que dibujaba el mar, el sol era un circulo rojo intenso, y un paisaje de colores rojizos, anaranjados y azules pasteles fascinantes decoraban el cielo.

En la vida uno tiene que aprender a jugar y jugársela, si no le apuestas a la vida, la vida no tendría sentido, no valdría nada, sabría a poco, comento él, sintiéndose orgulloso de estar allí, de vivir así, de jugarse la apuesta mayor junto al amor de su vida. ¿Pero si la vida te trata duro? Pregunto ella interesada, ¡mucho mejor!, exclamo él, porque si la vida te enseña los dientes quiere decir que le importas y te la va poner difícil para que le entres duro, saques lo mejor de ti, porque nunca olvides, amada mía, que lo nuestro es una bendición, un regalo precisado, único, que debemos aprender a cuidar, proteger, atesorar, decía él mientras jugaba a encontrar sus pies con los de ella por debajo de la arena.

De pronto sintió un ruido extraño, fuerte, un temblor empezó acompañado de unos ruidos lejanos, aterradores, ella lo miro desconcertada, llena de miedo, se pusieron rígidos, todo empezó a moverse más fuerte, todo a su alrededor empezó a derrumbarse, a volverse oscuro, fúnebre, él quiso abrazarla pero vino un sacudón que los movió de arriba abajo, que los empujo tan fuerte que los separo, cerro los ojos aterrado, queriendo gritar y no podía, cuando abrió los ojos bruscamente, mientras el movimiento tosco pasaba, el ruido se iba calmando, y por los parlantes se escucho una voz que decía “Señores pasajeros, bienvenidos a la ciudad de Tacna, a partir de este momento puede utilizar los celulares, la hora local…” miro a su izquierda y vio por la ventana el pequeño aeropuerto, miro a su derecha y se dio cuenta que estaba solo, era el único en la fila.

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Cuando abrió los ojos se sintió  desorientado, la poca luz que iluminaba la habitación lo confundió aun más, no sabía si estaba amaneciendo o quizás anocheciendo. Estaba aun aturdido por el sueño tan profundo, se sentía como si no tuviera memoria, tampoco se preocupo por recordar algo, se sentía lo suficientemente laxado para no pensar mucho.

Intentó sentarse de golpe, pero su cuerpo no se lo permitió, estaba tan relajado que no podía, se echó rendido en lo que ya había identificado como su cama; un colchón suave lo acogió de espaldas, una sabana blanca le cubría medio cuerpo y su torso desnudo eran indicativos de un clima caluroso. Poco a poco sus sentidos se volvían a agudizar, un aroma a playa lo atraía y sin entender de dónde venía, se recostó contra una de las tantas almohadas que tenía en la cama. Hundió la cara en una almohada muy blanda y suave… analizó los olores, ese olor a playa, un poco de olor a bloqueador solar de coco y además un aroma familiar, suave, de mujer.

Se puso de costado mucho más confundido ahora, nada parecía tener sentido, su cama estaba impregnada de un olor maravilloso, pero el olor a playa venía con el viento, con el aire del lugar. Le encantaba el olor a verano. Siempre lo trasladaba a otros tiempos, otras épocas, incluso a algunos recuerdos que parecían sueños. La ventana de su cuarto estaba cubierta por una cortina semitransparente, se veía de un azul suave que ondeaba al compás del viento que la movía, parecía tomar forma, de pronto se calmaba, reposaba y volvía a nacer con cada bocanada de viento que entraba refrescando el lugar. Un leve murmullo del mar entraba por la ventana con cada bocanada y se sintió nuevamente en un sueño, cerró los ojos y prestó atención al momento. No había duda, estaba en un playa, relajado, tranquilo, y confundido…

No era una habitación grande, era más bien acogedoramente pequeña, las paredes blancas y un cuadro moderno adornaba una pared. La ventana ocupaba toda la pared lateral y un televisor se asomaba encima de un aparador. El equipo de música parecía prendido, pero no sonaba, era grande y los parlantes adornaban desde el suelo todos los rincones de la habitación. De pronto el ruido de la puerta lo puso en alerta y al voltearse la vio entrar. Veía una figura imponente acercándose… a cada paso se hacía más familiar. Ella estaba vestida con un pequeño vestidito blanco, casi pintado en un cuerpo que derramaba armonía. A medida que se acercaba, podía distinguir un rostro de ensueño. El aroma a café venía junto a ella, una taza de figuras que no podía distinguir estaba en una de sus manos echando un poco de vapor, que se distinguía entre la poca luz que iluminaba la habitación. Ella caminaba suelta, natural, mientras una sonrisa encantadora se asomaba en su angelical rostro. Se acomodaba los cabellos en un improvisado moño a una mano. Fue como si perdiera el habla, la veía, pero no lo creía, asumía nuevamente que aun no había despertado.

Ella se sentó junto a él y su olor confirmó que era el mismo que el de su almohada. Su piel estaba semi-bronceada, sus ojos brillaban y formando un gesto de ternura le dijo con una voz suave y extremadamente sensual:

– “Hola”

– (Silencio) – quedó aturdido, en completo silencio y su cara mostraba sorpresa.

– Ja ja ja – soltó una carcajada amigable, dejó en café en la mesa junto a la cama y le cogió la cara con ambas manos mientras acercaba más su cuerpo y le decía:

–  “No me digas que otra vez no te la terminas de creer…”

– “¿Creer?” – susurro él mientras recibía un tierno beso en la mejilla y se asfixiaba de placer, al sentir ese olor tan maravilloso.

– “Creer… sí” – mientras lo acomodaba otra vez en la cama y ella se recostaba a su lado le decía – “De tiempo en tiempo te despiertas así, tan lindo, y te aturde creer que aun vives en un sueño, un sueño que me has hecho realidad hace mucho tiempo ya y que vives aquí, así, junto a mi”.

Se acostó junto a él, casi aplastándolo, y los recuerdos le volvían de a uno a uno, poco a poco, hasta que la sonrisa de su rostro no se pudo ocultar. Un inesperado abrazo la cogió de sorpresa para luego ahogarla en un beso largo, tierno y profundo mientras la revolcaba en una cama que a cada momento, se le hacia más familiar. De pronto la risa los envolvió, la miro a los ojos y se quedaron pegados unos minutos; como muestra de que todo estaba en orden. Sus ojos y sus miradas encajaban a la perfección. El admiraba sus ojos y ella vivía encantada mirando su alma reflejada en sus pupilas.

Estaba anocheciendo, una tarde de un verano que no se agota, en una isla llamada Bonaire, donde vivían en una pequeña casa blanca de dos pisos frente al mar, en una habitación donde solían reposar después de almuerzo, después de unos interminables encuentros de pasión, esperando despertar para ver el ocaso. Siempre juntos, en una cama bautizada hace años, impregnada de un aroma a playa, a coco, a limón. Hay días en que no se termina de creer que vivir aquí, con ella, sea real, que sea tan real como un sueño, por lo que dejó encargado literalmente la siguiente nota: “Por favor, no me dejen despertar”.

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Mi capacidad de mentir a lo largo de estos años la catalogo de increíble, digna de un reconocimiento formal, que solo se produciría si estuviese dispuesto a decir la verdad, pero hay tantas verdades para contar, que ciertamente no creo acordármelas todas. Pero por supuesto que existen verdades memorables, y confesaré que me “muero” de ganas de contárselas siquiera a alguien. Lo gracioso es que, cuando he intentado contar alguna verdad, termino siendo catalogado como mentiroso.

Como cuando, hace muchos años atrás, supimos que nuestra bisabuela estaba muy grave, a escasas horas de morir. Los hijos, que eran 6, vivían repartidos entre el pueblo natal de mi bisabuela y la capital, tres en cada ciudad, a diez horas de distancia por carro, y a muchos dólares por avión. El dilema se presentó cuando la familia empezó a decidir donde debería morir nuestra querida bisabuela; si en la capital, donde vivía junto a sus tres últimos hijos (más por su enfermedad que por convicción propia), o en su pueblo natal, donde aun vivían sus tres primeros hijos. La discusión se tornó molesta y entraron a tallar no solo los hijos, sino también los hermanos, sobrinos y alguno que otro vecino acomedido. Finalmente se decidió que sería en el pueblo natal, y el mayor de los hijos iría en su camioneta a recogerla a la capital. La familia no acumulaba grandes fortunas, por lo que trasladarla en avión sería complicado, más aún si la señora estaba tan grave.

Y así fue como mi tío partió rumbo a la capital un viernes por la tarde, esperando llegar al amanecer y preparar el viaje para estar de vuelta el día lunes. Al llegar se dio con la triste sorpresa, de que su abuela, mi bisabuela, había muerto hacía menos de una hora.

Las primeras dos horas, los llantos y lamentos inundaron la casa, y solo tras un largo silencio, alguien atinó a elevar la voz para comunicar que en ese momento empezarían los trámites de defunción. Nuevamente se había desatado el debate, pues la mitad de la familia más uno, había acordado que se le trasladaría a su pueblo para que pase los últimos días; y la otra mitad, menos uno, defendía que, el que ya hubiese muerto en la capital, suponía un entierro en esta ciudad. La discusión duró horas, hasta que finalmente la mayoría acordó en que debería estar sepultada en el pueblo natal; pues, entre otras cosas, era uno de sus deseos.

La prioridad, entonces, era llevarla de regreso. Ya estaba entrando la noche y aprovechando que la camioneta de mi tío estaba equipada para trasladarla, decidieron llevarla ahí, cubierta; intentando no levantar sospecha, hasta el pueblo natal y hacer de cuenta que había muerto allá. Era necesario no hacer ningún tipo de trámite pues delataría el intento de movilizar un muerto, y según supe, o mejor dicho, según entendí años después, es un engorroso trámite burocrático en la municipalidad.

Decidido todo y entre lágrimas, partiríamos con rumbo a nuestro pueblo esa misma noche, mi tío al volante, mi padre, mi madre y yo – con apenas 10 años de edad –  los acompañaríamos; y claro, la bisabuela en la parte de atrás.

El viaje empezó a hacerse largo, todos iban en silencio y éste se interrumpía de tiempo en tiempo, con algún sollozo de mi madre, de mi padre, de mi tío, e incluso mío. Yo recuerdo haber estado mudo, pues entenderán que a mi edad, sentía miedo de que a mis espaldas viajara un muerto, por más bisabuelita linda que sea.

Pasando el penúltimo pueblo antes de nuestro destino final, mi tío al volante anunció que tenía hambre y que aprovecháramos que a los alrededores no había gente, para detenernos a comer en un restaurante. Y así lo hicimos, comimos y bebimos como se suele hacer en un restaurante de carretera: abundantemente y con una sazón especial. El sentirme satisfecho por la comida, me hizo dar sueño y pensé que el resto del viaje lo pasaría durmiendo. Cuando salimos del restaurante todos nos quedamos mudos, nadie dijo nada y todos nos vimos con gestos interrogantes. Mi tío fue le primero en correr hacia un extremo, mi madre me abrazo y mi papá dando un paso al frente exclamó: “¡Mierda! ¡Se robaron la camioneta  carajo!”.

Cada vez que me acuerdo de ese momento me da mucha risa. Me imagino la cara de los tipos que hurtaron la camioneta, cuando en algún momento pararan a ver su botín, aquella gran alforja entre nuestros equipajes, y al descubrirla encontraran a una ancianita muerta. No pude aguantar la risa al pensar eso frente al restaurante, pero una de esas miraditas que mi madre solía darme fue suficiente para que me callara.

Luego del desconcierto que nos dejaron en una esta de estupefacción total (a nosotros y a los ladrones seguramente) decidimos a  la mañana siguiente en casa de mi tío hacer un pacto solemne, juramos en nombre de todo lo que se les ocurrió (sobre todo en nombre de mi bisabuelita) que nadie contaría lo que había sucedido a nadie por ningún motivo. El cajón que estaba listo, lo llenaron con un costal de arena y lo cerraron para velarlo. Por supuesto el velorio fue rápido y el entierro más aun. Pasaron desapercibidas una serie de detalles, entre el dolor de la familia, que acompañó al costal de arena – que hacía de bisabuela – hasta su morada final.

Han pasado varios años ya. La mayor parte de la familia y de los testigos del hecho ha muerto, dejándome prácticamente como único testigo de tan tonta, increíble, denigrante y chistosa, historia. Nunca apareció la camioneta y menos la bisabuela. Tampoco me han creído al contarla, pues a cuanto familiar le intente contar la historia lo único que he recibido ha sido un palmazo en la cabeza, seguido de un enérgico “No se juega con la memoria de tu bisabuela”.

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El

La última vez que la vi estaba, cómo no, apoyada en la mesa, recostando su lindo rostro en su mano. Me reconoció, levantó la mirada y sonrió ante mi euforia al verla. Su rostro seguía igual. Vestía suelta, pantalones oscuros y un polito sin cuello, sin mangas. Creo que pretendía parecer ambigua, a mí me resultaba arrebatadora.

Ella

Canciones, nubes, una gota de lluvia y sueños; las cuatro imágenes me conducen a él. Paseo por la calle y no veo a mis vecinos. Ni al sol, ni los huecos que debería evitar. Oigo aquellas canciones que me recomendó, veo las nubes,  siento la lluvia como abrazos, besos y palabras que, apenas salían de su cuerpo ya estaban entrando en mí, saboreo la vida en cada bocanada de un infaltable aire.

El

Al tirarme a la cama, cierro los ojos y pienso en su perfil. Cuando los abro se refleja en las cuatro paredes que me acorralan. El borde de sus ojos era oscuro; la mirada, verde claro. Bailaba como si fuera de aquel café, ya no hubiese mundo y solo sus pies pudieran crear uno nuevo.

Era la madrugada de un martes cualquiera y aún quedaban cuatro horas para que cualquier mortal fuera a trabajar. Y yo que siento esta ciudad como un bosque de cemento oscuro, distinguí su figura como una chispa de luz que volvió loca mi brújula. Venía, se iba, era inalcanzable.

Ella

No puedo dejar de pensar, que quizá algún día coincidimos no por ello ahora tenemos que reconocernos. Quizá fuera en otro país, en el banco, en un aeropuerto o en la calle nos hemos podido cruzar, no una, si no tantas veces… Incluso tal vez nos empujamos por las prisas, nos pisamos sin querer y nuestras miradas se enfrentaron con desprecio sin saber quiénes somos, quiénes fuimos, quiénes pudimos ser.

Con éste, siempre aparece otro pensamiento: ¿y si nuestro yo más profundo o el alma invisible que aún duerme en nosotros sí se reconocieron? Y que él, ¿por qué no?, piense desde entonces, de alguna manera, en mí.

El

Yo creo que existes, porque de alguna manera te siento en el aire, porque te pienso, porque prefiero creer en el mito. Te nombro y creo un cuento en el que somos los protagonistas, o mejor aún, personajes secundarios que embellecen este largo cuento que está repleto de reencuentros imposibles, donde se unen fantasmas de la memoria y duendes de la ilusión. Has surgido de la nada, pero yo te dibujo en un futuro imaginario. Quisiera que fuéramos dos personas reales encadenadas a un mismo sueño. Porque detrás de tus ojos, presiento más realidad que en las cien miradas y doscientos zapatos que me pisan en una combi.

Ella

A veces creo sentir que me acompaña en la cama. Y no pregunto quién es porque no quiero que ahoguen mi duda.

El

6:15: Hoy me he despertado pensando despertar con ella. Apenas recuerdo nada de anoche. He preferido no pensar en ello y he vuelto a cerrar los ojos. Al abrirlos, horas después, he encontrado como siempre la almohada vacía. De repente he sabido que era ella, pero esta certeza ha durado tres segundos. Los recuerdos etílicos se mezclan con mis sueños y no sabría asegurar cuál de ellos es cierto.

Ella

A veces sueño que lo veo, y cuando él me mira o pretende acercarse, me despierto con una leve sensación de resaca y una poderosa excitación. Hoy, después de levantarme, he leído sus correos, he reído y me he puesto nostálgica. Entonces he visto, en el espejo, lo ridícula que a veces soy. ¿Ya soy grande para nostalgias estúpidas?

El

El otro día fui, busqué y me quedé mirando las pocas fotos que tengo de niño, me pareció reconocer su mirada en la de una de mis compañeras. No era ella, ya lo sé, pero no puedo evitar seguir jugando a recrear su infancia y unirla a la mía. Como queriendo evocar un pasado de hace pocos años y no de los siglos reales que tenemos. Cuando ella aparece, todo es puro instante sin memoria, sin opción a hundirme en falsos recuerdos. Sin embargo, mi imaginación se desborda cuando ella huye y evoca escenas que nunca ocurrieron y que ocurrirán. Todo es tan increíble que a veces me parece verdad.

Ella

Cuando camino por la orilla de una playa, siempre quedo fascinada por el poder de atracción que tiene el agua. La ves pasar y quieres irte con ella, entrar en ella. El paraíso puede que no esté en la otra orilla, pero me encanta pensar que al final está la isla que me dará cobijo cuando quiera vivir un sueño.

El

Hacía tiempo que hay una escena que siempre vuelve a visitarme. No me importa si es real o no. Son tantos sueños y su imagen que me persigue, que me siento y la dibujo. Como un gran artista me inspiro y de repente aparece ella en un papel, dibujada por la tosquedad de mi lápiz.

Ella

Dentro se está mejor, el mundo permanece fuera. Me relajo, olvido, vivo. La niña que sigo siendo es capaz de correr ligera, vuelvo a tener la mirada limpia.

El

No puedo dejar de sonreír al contemplarla. La veo surgir como del agua y siento que, de algún modo, todo ha sido verdad. Nuestra verdad…

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