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“Comprendo que la mentira es engaño y la verdad no. Pero a mí me han engañado las dos.” Me dijo aquella vez Alejandro al oído cuando le pregunté qué le pasaba, tenía un tono áspero, que bordeaba la melancolía pero la indiferencia de sus ojos hablaba de decepción.

Aquella tarde de café de los miércoles, sus reflexiones ácidas y divertidas estaban convertidas en un escala de grises trepando hacia la burla de los demás, del mundo y con el sarcasmo como nunca antes prendido le decía a un amigo, con un cigarrillo encendido: “Mira mi querido Carlitos, al término de una relación hay dolor y decepción. Pero tú tranquilo, que después te das cuenta de que no todo era tan lindo, sino que en su mayor parte estaba compuesto de engaños y más engaños.” Y luego simplemente se reía ante nuestra mirada atónita.

Alejandro no llegaba a los cuarenta, tenía una no tan exitosa carrera corporativa pero si un buen ánimo para vivir la vida, su soltería la llevaba de forma impecable, y sus conceptos sobre lo que creía y sentía lo tenía bien puestos, estrictamente definidos. Por lo general, nuestro círculo de amigos era un espacio de compartir donde nadie preguntaba a menos que uno comenzara la conversación. Charlas muy productivas salían siempre de aquel café de los miércoles, pues tocábamos todo tipo de temas.

Alejandro, aquella noche se despidió dejando un billete sobre la mesa, nos dijo “Adiós, adiós.” levantando la mano y dándonos la espalda con desden, y tras dar un par de pasos volteó medio cuerpo y nos apuntó con los dedos en los que sostenía, quizás, su veinteavo cigarrillo de la noche, para decirnos en tono firme y burlón: “Amigos… las mujeres nunca nos engañan, nos engañamos a nosotros mismos.” Se dio media vuelta, y se fue.

Nunca más volvió a nuestro encuentro de los miércoles, las primeras semanas pasó desapercibido, alguno que otro lo llamó a su celular sin mayor éxito. Al cuarto miércoles de ausencia decidimos llamar a su casa, la muchacha que atendía nos informó que estaba de viaje, luego cada quien por su lado lo volvió a intentar semanas tras semanas hasta que nos olvidamos ya del tema y lo recordábamos de cuando en cuando como diciendo “¿Y que será del loco ese?”, eventualmente su celular dejó de timbrar, el número de casa ya no existía, y la dejadez – o poca amistad – nos impidió irlo a buscar a su casa u oficina

Un amigo nos comentó que una prima suya lo vio en el aeropuerto, otro amigo lejano nos dijo que vivía en Europa, y otro incluso nos habló de Estados Unidos, fueron tantas versiones en espacios de tiempos tan separados que cualquiera podría tener el mismo valor.

A veces lo recordábamos con nostalgia, a todos se nos ocurría que quizás Alejandro estaría muerto, todos lo pensábamos mas nadie lo decía; cuando ese silencio incomodo venia alguien rompía el hielo con alguna anécdota: “¿Te acuerdas de ese chiste tan malo que contaba Alejandro, haciendo voz de viejito?” Las risas aparecían, las historias pasan de una en una y de tema en tema perdíamos nuevamente el hilo y con él su recuerdo.

Un miércoles, cuatro años después, llegó Carlitos con una sonrisa en el rostro, el periódico enrollado en la mano caminando rápido y agitándolo en el aire, sin decir palabra lo extendió finalmente sobre la mesa, lo miramos todos preguntándole que pasaba, y él sólo señaló un anuncio que decía: “Hoy, en la librería Faustino, se presenta el nuevo libro de Alejandro Iruey: Mujeres y miércoles de café.”

No lo podíamos creer. ¿Sería nuestro amigo Alejandro? ¿Un homónimo quizás? ¿Y ese título? Nadie terminó su café ni su comida, salimos todos camino a aquella librería, y para nuestra sorpresa estaba llena, fotógrafos, periodistas, mucha gente, mucha bulla, su libro por todo lado y una cola de gente esperando para que le firmaran una copia; y al final de esta fila, nuestro amigo, más canoso, con algunos kilos menos y su típica seriedad irónica. Intentamos acercarnos y el mastodonte a cargo de la seguridad del local nos dijo que sin un ejemplar que firmar no podríamos acercarnos, cada quien tomó un libro y nos pusimos en la cola. Yo, abrí el mío, no tenia dedicatoria, la primera pagina citaba a Alejandro Dolina: “Sólo los sueños y los recuerdos son verdaderos, ante la falsedad engañosa de lo que llamamos el presente y la realidad.”

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