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Posts Tagged ‘Claudio Morgan’

Ella está apoyada en la ventanilla 7A del avión que la llevará a miles de kilómetros de su país, el piloto avisó oportunamente el tiempo de vuelo, la altitud y velocidad entre otros datos, pero ella sólo mira de cuando en cuando su reloj, deseando que esos minutos pasen rápido para llegar pronto a su destino. Vuelve y mira las agujas del reloj pulsera swatch que compró dos años atrás por su cumpleaños y siente que el segundero anda con una inusual lentitud, siente que todo pasa en calma, menos los latidos de su corazón.

Reclina el asiento, lo inclina, se apoya en la ventanilla, luego en el espaldar, abre un libro, finge que lee, lo deja, busca en su cartera su ipod, intenta prenderlo, lo deja, ve el reloj de nuevo, mira el techo, transpira, ve la película, busca los audífonos para escuchar, lo deja, se reclina, respira profundo, vuelve a ver el reloj y piensa en que ya debería llegar.

Lo conoció hacían pocas semanas, el tipo llegó a su país para una charla y ella por encargo de su jefe “tenía” que asistirlo, y léase “tenía” con desgano pues las circunstancias que rodeaban ese evento en particular no eran las más gratas para ella. Y así fue, protocolar encuentro, charla enmarcada dentro de lo normal, cena moderada y acabó el día. El siguiente día de trabajo fue mucho más suelto, intercambiaron miradas, sonrisas, coquetearon y ahí pudo terminar todo pero ella le ofreció llevarlo al aeropuerto, de camino las risas no faltaron, los comentarios como “qué pena que me quedé dos días y no conocí nada” o “motivo para que regrese” eran de los que adornaban el corto trayecto al terminal.

Antes de despedirse en el aeropuerto, él le tomó la mano, y ella casi perdiendo la voz, en vez de decir un protocolar “gracias por su visita, vuelva pronto” le dijo sonrojándose “me hubiera gustado que se quedara un par de días más.”

Ahora nuevamente su cabeza apoyada en la ventanilla 7A del avión, se empaña por la respiración fuerte que le dejó su sonrisa al recordar su picardía, al atreverse a decirle semejante cosa, y peor aún, que él cancelara su vuelo y se quedara efectivamente dos días con ella. Comieron, rieron, pasearon, se conocieron, intimidaron y se amaron.

Y ahora ahí va ella, semanas después camino a verlo, su país quedaba muy lejos, así que decidieron encontrarse en un punto medio, un lugar donde le fuera fácil llegar a ella, y fácil llegar a él. Lo acordaron en sus interminables conversaciones noche tras noche desde aquel encuentro.

Estaba nerviosa, quería saber si todo lo que había estado pasando estas semanas era real, la duda la asaltaba de cuando en cuando pensando en que quizá él no era la persona que estaba idealizando, la asaltaba con mayor intensidad la fantasía de ver en él el hombre de sus sueños, de romper paradigmas y creer en el amor como nunca antes lo había hecho. Apoyada en su asiento jugaba con su reloj mientras lo veía.

Lo imagina sentado en un avión camino a verla, a la misma velocidad, hacia el mismo destino, en ese mismo momento, pero viniendo de un lado totalmente opuesto. No podía dejar de reírse, de soltar la risa nerviosa de quien se pilla haciendo una travesura, miraba nuevamente su aletargado reloj.

Él se tomó la delicadeza de escribirle una carta dos semanas después de conocerla, allí le había confesado el amor inexplicable que sentía hacia ella, el miedo que le provocaba no poder imaginar un futuro, la ilusión que le daba conocer a alguien con sus cualidades, y párrafos y párrafos hablando de su belleza. Ella no se había terminado de dar cuenta que estaba terriblemente enamorada, pese a que creía que estaba yendo “a ver qué pasaba.”

Su concentración se cortó de improvisto pues el capitán anunciaba el aterrizaje en breves minutos, ella guardó todo en su cartera y sacó su maquillaje, necesitaba pintarse, pues si sus cálculos eran exactos al salir del avión él ya habría aterrizado media hora antes, fue al baño, se lavó la cara, se cambió de blusa, regresó a su asiento se maquilló, acomodó el cabello, y de un diminuto gotero echó por su cuello la fragancia que lo volvió loco en su primer encuentro.

Caminado por la manga del avión, ya de bajada, repasó las mil y una escenas que tendría para cuando lo viera, no sabría si quedarse inmóvil, o quizá correr, gritar era una opción, llorar una más probable, pero sudar era la inevitable, no dejaba de caminar rápido y sentir un ligero temblor en su ser, ¡Qué emoción! Pensaba.

Al salir de la sala de embarque catorce buscó entre los curiosos y no lo vio, fue al monitor y verificó que efectivamente su vuelo había llegado hacia treinta minutos, fue corriendo hasta la sala veintisiete donde probablemente se quedó esperando y vio mucha gente embarcando ya para otra ciudad, no estaba allí; se confundió, regreso a su sala, la catorce, podía ser que entraba al baño, lo espero cinco minutos, diez, quince, entró en pánico. Cambió unos billetes de dólar y llamó a su celular, apagado. Se le ocurrió que perdió el vuelo, vio en el monitor y el siguiente llegaba en una hora, otro con escalas llegaba en tres, fue a la sala veintisiete, pidió saber si se embarcó y le respondieron que esa información era confidencial.

No tenía más remedio que esperar una hora si llegaba en el siguiente vuelo, fue a la sala dieciocho a esperarle, se sentó, puso la cara entre las palmas de sus manos y empezó a llorar, simplemente no quería pensar, se limpiaba el maquillaje arruinado por las lágrimas mientras miraba el reloj, desesperada de verlo pasar tan y tan lento.

En el siguiente avión no llegó, y en el otro tampoco, perifoneó su nombre y nadie acudió, entro a internet y no había rastro de él, llamó al hotel y nadie se había registrado aún, después de pensarlo mucho, cerca de seis horas después, llamo a su casa y le dijeron que “ha salido, ni idea si regresa”. Sintió morir.

Se sentó en el medio de una sala de espera vacía cerca ya de la media noche, sobre su pequeña maleta cargada de ropa para cuatro días, tres recuerdos de su país, y su cargamento de amores e ilusiones entreverados con su set de maquillaje y sus perfumes y soltó un llanto interminable, desconsolado, de aquellos llantos que casi no se escuchan pero que se sienten como a uno se le va el alma lágrima a lágrima y sollozo a sollozo

Así la conocí hace nueve años, yo llegaba de un vuelo largo desde Londres pasadas las tres de la mañana y me tope con esa conmovedora imagen, con esa increíble historia, y esa carita manchada por el maquillaje y la valentía de una mujer que no podía disimular un corazón roto, y hasta el día de hoy cuando pasamos (llegando, saliendo o en tránsito) por un aeropuerto guarda un silencio fúnebre y muestra una mirada incomoda.

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“Comprendo que la mentira es engaño y la verdad no. Pero a mí me han engañado las dos.” Me dijo aquella vez Alejandro al oído cuando le pregunté qué le pasaba, tenía un tono áspero, que bordeaba la melancolía pero la indiferencia de sus ojos hablaba de decepción.

Aquella tarde de café de los miércoles, sus reflexiones ácidas y divertidas estaban convertidas en un escala de grises trepando hacia la burla de los demás, del mundo y con el sarcasmo como nunca antes prendido le decía a un amigo, con un cigarrillo encendido: “Mira mi querido Carlitos, al término de una relación hay dolor y decepción. Pero tú tranquilo, que después te das cuenta de que no todo era tan lindo, sino que en su mayor parte estaba compuesto de engaños y más engaños.” Y luego simplemente se reía ante nuestra mirada atónita.

Alejandro no llegaba a los cuarenta, tenía una no tan exitosa carrera corporativa pero si un buen ánimo para vivir la vida, su soltería la llevaba de forma impecable, y sus conceptos sobre lo que creía y sentía lo tenía bien puestos, estrictamente definidos. Por lo general, nuestro círculo de amigos era un espacio de compartir donde nadie preguntaba a menos que uno comenzara la conversación. Charlas muy productivas salían siempre de aquel café de los miércoles, pues tocábamos todo tipo de temas.

Alejandro, aquella noche se despidió dejando un billete sobre la mesa, nos dijo “Adiós, adiós.” levantando la mano y dándonos la espalda con desden, y tras dar un par de pasos volteó medio cuerpo y nos apuntó con los dedos en los que sostenía, quizás, su veinteavo cigarrillo de la noche, para decirnos en tono firme y burlón: “Amigos… las mujeres nunca nos engañan, nos engañamos a nosotros mismos.” Se dio media vuelta, y se fue.

Nunca más volvió a nuestro encuentro de los miércoles, las primeras semanas pasó desapercibido, alguno que otro lo llamó a su celular sin mayor éxito. Al cuarto miércoles de ausencia decidimos llamar a su casa, la muchacha que atendía nos informó que estaba de viaje, luego cada quien por su lado lo volvió a intentar semanas tras semanas hasta que nos olvidamos ya del tema y lo recordábamos de cuando en cuando como diciendo “¿Y que será del loco ese?”, eventualmente su celular dejó de timbrar, el número de casa ya no existía, y la dejadez – o poca amistad – nos impidió irlo a buscar a su casa u oficina

Un amigo nos comentó que una prima suya lo vio en el aeropuerto, otro amigo lejano nos dijo que vivía en Europa, y otro incluso nos habló de Estados Unidos, fueron tantas versiones en espacios de tiempos tan separados que cualquiera podría tener el mismo valor.

A veces lo recordábamos con nostalgia, a todos se nos ocurría que quizás Alejandro estaría muerto, todos lo pensábamos mas nadie lo decía; cuando ese silencio incomodo venia alguien rompía el hielo con alguna anécdota: “¿Te acuerdas de ese chiste tan malo que contaba Alejandro, haciendo voz de viejito?” Las risas aparecían, las historias pasan de una en una y de tema en tema perdíamos nuevamente el hilo y con él su recuerdo.

Un miércoles, cuatro años después, llegó Carlitos con una sonrisa en el rostro, el periódico enrollado en la mano caminando rápido y agitándolo en el aire, sin decir palabra lo extendió finalmente sobre la mesa, lo miramos todos preguntándole que pasaba, y él sólo señaló un anuncio que decía: “Hoy, en la librería Faustino, se presenta el nuevo libro de Alejandro Iruey: Mujeres y miércoles de café.”

No lo podíamos creer. ¿Sería nuestro amigo Alejandro? ¿Un homónimo quizás? ¿Y ese título? Nadie terminó su café ni su comida, salimos todos camino a aquella librería, y para nuestra sorpresa estaba llena, fotógrafos, periodistas, mucha gente, mucha bulla, su libro por todo lado y una cola de gente esperando para que le firmaran una copia; y al final de esta fila, nuestro amigo, más canoso, con algunos kilos menos y su típica seriedad irónica. Intentamos acercarnos y el mastodonte a cargo de la seguridad del local nos dijo que sin un ejemplar que firmar no podríamos acercarnos, cada quien tomó un libro y nos pusimos en la cola. Yo, abrí el mío, no tenia dedicatoria, la primera pagina citaba a Alejandro Dolina: “Sólo los sueños y los recuerdos son verdaderos, ante la falsedad engañosa de lo que llamamos el presente y la realidad.”

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Había una vez, y mentira no es, un sueño maravilloso, lleno de vida, de esperanza, de alegrías. Pero este sueño tenía también un sueño, deseaba enormemente ser soñado para convertirse en realidad. Así que decidió ir en busca de alguien tan especial como él para que le soñara y así poder convertirse en algo real.

Se pasaba las noches buscando a ese alguien especial que le atrapara en su mente. Pero no era tan fácil, pues veía que casi todo el mundo tenía la cabeza llena de otros sueños y no había ni siquiera un minúsculo espacio para el.

Una noche, mientras andaba jugueteando con las estrellas se posó en una ventana y vio a una mujer durmiendo. Se quedo un rato pegado al cristal observando y se decía: “¿Y si fuera ella?”. Ni corto ni perezoso, empezó a buscar como entrar por la ventana y se metió sigilosamente en la habitación.

Muy despacio se fue acercando a ella para no despertarle con un roce de viento. Apenas se movía y casi no le sentía respirar. Le miró al rostro y se dio cuenta de que jamás en la vida había visto un semblante tan relajado como el que estaba mirando, emanaba paz de su interior y un gran calor. Se quedo recostado en la almohada mirando a la mujer imaginando como sería con los ojos abiertos. Se sentía a gusto y muy tranquilo. No se daba cuenta de que las horas iban pasando y que los primeros rayos de sol comenzaban a rozar los cristales de la ventana.

Pero seguía dudando si sería la elegida para que le soñara, de modo que se dijo: “Me voy a quedar un tiempo con ella para ver como es. No me gustaría equivocarme y evaporarme sin ver cumplido mi gran sueño”. Y así lo hizo.

Durante unos días la acompaño a cualquier sitio que fuera. Se posaba sobre su hombro y observaba todos sus movimientos, las personas con quienes se relacionaba, su entorno de trabajo, sus hábitos y aficiones, pero no descubría nada nuevo, solo veía en ella una persona sencilla, humilde, tierna, parecía que no tenia ilusiones, como si simplemente se dedicara a vivir.

Sin embargo, por las noches, mientras la mujer dormía, no dejaba de mirar tan relajado rostro, sin preocupaciones, tan tranquilo. Daba la sensación de que era como una princesa de cuento, su respiración apenas se dejaba sentir.

En una de esas noches decidió introducirse por un momento en su cabeza para ver que había allí dentro, pero no vio nada, su mente estaba vacía de cualquier tipo de sueños y volvió a salir al exterior. Le extrañó mucho, pues ¿quién no tiene sueños? ¿Quién le habría quitado los suyos?.

Y un buen día, (porque siempre llega “el día” en los cuentos) había descubierto algo en ella muy especial, a su lado se encontraba muy a gusto, no se cansaba de mirar su rostro dormido, le gustaría verla siempre así. Tan bien se encontraba que al final tomó una decisión, se quedaría junto a ella y cuando le viese triste entraría dentro de su mente para alegrarle y hacerle olvidar lo malo de la vida. Le daría un poco de él cada vez que lo necesitase. La mujer había despertado en él los sentimientos y el sueño dejo su sueño por ella.

Por las noches se posaba a su lado para observarle y de vez cuando se introducía entre sus cabellos para acariciarlos ó bien se acurrucaba en su pecho, entre sus brazos, y se decía para sí: “Que mejor sueño que tener a alguien a su lado que se abraza a un sueño para hacerle soñar.”

Y así, aunque el sueño nunca lo supo, se había convertido en una realidad, tener a alguien especial a su lado. Realmente esa era su gran realidad, ser un sueño por soñar.

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Había una vez, y mentira no es, en un lugar muy pero muy lejano, un reino pequeño pero maravilloso, que tenía una Reina increíblemente bella, rica y sabia… Un buen día, cansada de pretendientes falsos que se acercaban a ella para conseguir sus riquezas, hizo publicar que se casaría con quien le llevase el regalo más valioso, tierno y sincero a la vez.  El palacio se llenó de flores y regalos de todos los tipos y colores, de cartas de amor incomparables y de poetas enamorados. Y entre todos aquellos regalos magníficos, descubrió una piedra; una simple y sucia piedra. Intrigada, hizo llamar a quien se la había regalado.

A pesar de su curiosidad, mostró estar muy ofendida cuando apareció el joven, y este se explicó diciendo:

– Esa piedra representa lo más valioso que le puedo regalar mi Reina: es mi corazón. Y también es sincero, porque aún no es suyo y es duro como una piedra. Sólo cuando se llene de amor se ablandará y será más tierno que ningún otro.

El joven se marchó tranquilamente, dejando a la Reina sorprendida y atrapada. Quedó tan enamorada que llevaba consigo la piedra a todas partes, y durante meses llenó al joven de regalos y atenciones, pero su corazón seguía siendo duro como la piedra en sus manos.

Un día, desanimada, terminó por arrojar la piedra al fuego; al momento vio cómo se deshacía la arena, y de aquella piedra tosca surgía una bella figura de oro. Entonces comprendió que ella misma tendría que ser como el fuego, y transformar cuanto tocaba separando lo inútil de lo importante.

Durante los meses siguientes, la Reina se propuso cambiar en el reino, y como con la piedra, dedicó su vida, su sabiduría y sus riquezas a separar lo inútil de lo importante. Acabó con el lujo, las joyas y los excesos, y las gentes del país tuvieron comida y libros. Cuantos trataban con la Reina salían encantados por su carácter y cercanía, y su sola presencia transmitía tal calor humano y pasión por lo que hacía.

Y como con la piedra, su fuego deshizo la dura corteza del corazón del joven, que tal y como había prometido, resultó ser tan tierno y justo que hizo feliz a la Reina por el resto de sus días… amor.

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Siempre hay una historia detrás de cada una de las historias pensaba acostado en su viejo  sillón mientras miraba como desaparecía lentamente el ultimo rayo de sol que entro por su ventana y en su equipo de música dejaba de sonar un triste piano y la letra que comenzó con un “he querido regalarte en un día tan especial un baúl imaginario donde puedas ensoñar…” y ahora concluía con un tristísimo “feliz cumpleaños”.

La habitación quedó en silencio, la noche entraba apoderándose de cada ricon, dejándolo en la penumbra recostado en el sillón donde solían pasar juntos su cumpleaños. Prendió un cigarrillo y observaba bocanada tras bocanada las extrañas figuras que formaba el humo, mientras pensaba que esta podría ser la portada pintoresca de algún álbum musical que aun sueña con producir.

Ahora estaba allí y su cerebro empezó una conversación intensa sobre el momento, quería pensar en como hubieran sido las cosas si su vida la hubiera llevado lejos de la “creme” de la critica, si no le hubiera dado valor y peso a las personas que con sus trajes opulentos siempre le tendían la mano para susurrarle alguna critica, o un consejo, o una mejora. Finalmente siempre vivió para complacer a los demás, y cuando tubo el prestigio de esta gente, se sintió solo y frustrado, no sentía que estaba donde quería.

¿Pero porque no ha dejado de escucharlos? ¿Sería el miedo? Tal vez se quería convencer de que la critica es buena, en algunos casos; objetiva, en otros; o que ayuda (¿quizá a crecer?). Pero poco a poco caía en cuenta que todo eso era mentira, que no hay crítica con amor, que cada vez que alguien le critico le impuso su opinión para hacer de él lo que ellos quisieran, y no realmente lo que él quería, terminó viviendo su vida para todos los demás menos para quien realmente importa: él

Una ceniza larga, producto de un cigarro no fumado, se desprendió de la colilla entre sus dedos y se deshizo al aterrizar en la alfombra, él, ni se inmuto. La habitación estaba prácticamente a oscuras, y el perdido en aquella boca de lobo, con la mirada igual de perdida en el techo pensaba que hoy en día ya de amor no muere nadie, y que él seria un caso único de rebrote de amor mortal en nuestros tiempos.

Se sentía un tipo cualquiera, con sus propios defectos y pecados, era un claro oscuro de oscuros oscurísimos, tenia sus días buenos y malos, sus días pésimos y esos días que no son días y se reconfortaba sintiéndose normal, transparente y real, no una farsa o un ser pre fabricado, solo manipulado y nostálgico cobarde que no se atrevió a pararse en situaciones donde ameritaba un heroico “ándate a la mierda” y abrirse paso por el mundo para seguir creciendo, explorando, disfrutar del olor del riesgo, de la creatividad, de la vida…

Y aquí esta él, solo, oculto en la oscuridad de sus pensamientos, reflexionando, meditando, hasta deseando que su suerte hubiera sido distinta, que ya no era un chiquillo para andar a merced de otros y para otros, y que necesita el valor para tomar las riendas de su propia vida, porque por culpa de esa carencia ha perdido tiempo, amores, y razones. Que la suma total de todo esto lo tiene exactamente donde esta. Deseando tener una nueva oportunidad para levantarse y declarar su propia independencia, y vivir!

El sonido del timbre distrajo sus pensamientos, prendió la luz y se dirigió raudo hacia la puerta, no esperaba visitas, menos hoy y a esa hora, completamente despeinado abrió la puerta y la vio allí, parada, guapa, tierna, humilde, sin decir una palabra él quedo asombrado por la visita. Ella empezó diciendo “he venido hoy porque quería decirte que estaba pensando…” y empezó a caminar hacia él, con la clara intención de entrar a su apartamento y en eso, el estiro la mano, como deteniéndola sin tocarla, el gesto la dejo fría, inmóvil, y le corto la frase: “… estaba pensando en que quería intent…” y él le dijo secamente con la mirada en el suelo, espera, tengo algo muy importante que decir, hizo una corta pausa, levanto la mirada y grito: “ándate a la mierda mundo entero” y sin darle tiempo a reaccionar la abrazo con  ternura y mientras le besaba la mejilla le susurro al oído “déjame ser tuyo amada mía”.

 

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Cuando un ser humano pasa por algún acontecimiento nuevo es de esperarse que pase por un proceso, indistintamente si es bueno o malo el mencionado acontecimiento. Este proceso esta estudiado y explicado en libros, y explotado por los psicólogos sobre todo para gente que ha sufrido un acontecimiento extremo, como la perdida de algún ser querido (duelo).

 

Esta semana me ha tocado hablar mucho sobre estos pasos que conforman el proceso, como saben, uno de mis pasatiempos es observar gente, y he logrado identificar que este proceso no necesariamente aplica para un evento extremo, si no para cualquier evento en nuestro día a día, el conocer este proceso, analizarlo, e identificarlo sobre todo en uno mismo es de mucho beneficio y aporta al crecimiento personal y como una interactuar en la sociedad.

 

Este proceso consiste de 6 pasos:

1) Sorpresa 2) Negación 3) Enojo 4) Negociación 5) Depresión 6) Aceptación

 

Les pongo un ejemplo para dejar entender el proceso, y luego les explico la teoría: Supongamos que un día cualquiera en un trabajo cualquiera tu jefe te llama a su oficina, tu vas como acostumbras, y de pronto te dice que estas despedido, y tu dices: ¿Cómo?! (Estas en la etapa de sorpresa) y tu jefe te explicara alguna razón como recorte de personal, o algo así y luego dirás: Tiene que ser una broma, esto no puede ser…. (Ya estas en la etapa de negación) tu jefe continuara explicándote que lamenta mucho, que su amistad, y que no puede hacer nada, etc. etc., y seguramente tu ya sales para tu oficina y dices: carajo, que se ha creído este cretino, como me van a hacer esto, a mi, justo ahora… (Estas molesto, muy molesto) Ya cuando se te pasa la molestia, en casa o luego de hablar con alguien empiezas una conversación (interna o con alguien) más o menos así: bueno, por algo pasan las cosas, ahora podré tener más tiempo para ordenarme, o aplicar en algún trabajo mejor… (Ya estas negociando tu situación). Claro que al día siguiente o a los dos días te vas a encontrar en tu cama tirado, sin ganas de nada diciendo: porque me pasa esto a mi, yo no hice nada malo, ahora quien me va a contratar, que haré… (Deprimido total!) hasta que después de un tiempo terminas en otro trabajo o recuperando tu equilibrio emocional donde ya has aceptado la situación y como se diría popularmente “sigues pa´lante”

 

Ahora, ponte a pensar en la cantidad de veces que este proceso es parte de tus reacciones por ejemplo, cuando tienes una diferencia con alguien, algún problema, recibes una noticia o acto inesperado, desde que te dicen para ser tu novio, pasando por cuando te terminan, entre enterarte que ya tus ex se casa, o que vas a tener un hijo, etc. etc. etc.

 

El problema, para mi, radica en la capacidad de las personas de pasar entre punto y punto. Conozco gente que pasa en instantes de la sorpresa, a la negación, y se estanca mucho tiempo en el enojo, incluso me queda la duda si algún día salieron de ahí con respecto a ese tema. Conozco a otras personas que se quedan mucho tiempo en la etapa de depresión (que considero es la más critica) sin llegar a aceptar nunca lo que le ha acontecido.

 

El solo hecho de estar conciente ya de estos puntos le puede permitir a uno darse cuenta, ante alguna eventualidad que le esta pasando, e intentar, por ejemplo, controlarse cuando esta en la etapa de enojo.

 

El segundo problema esta que en determinados conflictos donde una noticia afecta a las dos partes que la comprenden, al momento de intentar arregla la situación se encuentran en etapas distintas del proceso, uno puede estar negándose aun no que ha pasado, mientras el otro esta enojado, o alguno esta deprimido por lo que paso mientras el otro anda enojado, o mas extremo, alguno ya lo acepto y supero y el otro anda en cualquier etapa anterior.

 

Porque comparto esto, o he hablado con varias personas de esto esta semana, pues para que estén concientes de que todos tenemos un proceso y un tiempo distinto para las cosas, y el entenderlo puede ayudar a uno (desde fuera) a ser parte de la solución o del problema, o quizá también ayudar a darse cuenta uno mismo de lo que acontece, o que ya existió una evolución para determinados casos donde uno ya no puede hacer mucho, por no decir nada.

 

Cualquier fuera el motivo que te trajo aquí, y llegaras hasta esta línea, espero que te sirviera y sea útil esta información.

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Les encantaba viajar juntos, era una especie de terapia escaparse de cuando en cuando y montarse en un avión, entusiasmarse haciendo las maletas, comer algo en el aeropuerto, reírse de lo que valga la pena reírse (todo!) y aterrizar. Sus almas sabian que por más que el amor es puro necesita renovarse cuando se envuelve en el día a día y sus que haceres cotidianos los alejan de lo que realmente es importante.

Esta vez escogieron una ciudad pequeña al sur del país, donde una brisa fresca les dio la bienvenida al bajar del avión y luego una ola de calor sofocante los acompañó hasta el pequeño hotel donde se hospedarían, él ya conocía el hotel, reservó la habitación de la cual siempre le hablo y juntos por su alfombrada entrada llegaron hasta su habitación, dejaron sus maletas junto a la cama, decidieron darse una ducha y refrescarse del calor, se bañaron juntos, como siempre, y después de mucho tiempo bailaron en silencio bajo el chorro de agua, sin música, mirándose, enamorados, re encotrados en la silenciosa melodía de sus miradas, ¡¡que miradas!! El pensado que era el rostro más hermoso que ha visto en su vida y ella pensando que ese era uno de los momentos que siempre había soñado vivir.

Hicieron el amor tiernamente entre la ducha y la cama, rieron, hablaron, hasta quedarse dormidos abrazados como lo que son: un solo ser. Ya entrada la tarde, con ropas sueltas y de la mano salieron en busca del almuerzo, llegaron hasta la plaza principal e inmortalizaron el momento en una foto pagada a un muy amable viejito que contaba sus historias mientras intentaba sacar su mejor foto (ahora digital es la cámara decía mientras se reía).

El plan era sencillo: relajarse, esa tarde les entregarían el auto que alquilaron y escogerían los planes para el día siguiente: ir hacia al sur o hacia el norte, cruzar la frontera hacia Arica, Chile, o irían a pasar el día a Ilo, a la playa, al nuevo malecón del que tanto hablan en Tacna…

La verdad es que el lugar no importaba, era la sola idea de ir por la carretera a plena luz de día cantando canciones a voz en cuello mientras el carro se deslizara a ochenta kilómetros por hora y el viento les refresque mientras entra por la ligera rendija que dejaron en las ventanas casi cerradas, ella, por supuesto manejando (por que le encanta) y él, engriéndola, viéndola, cantándole, gozándola. Que importa a donde irían, lo importante es cómo irían.

Terminando la tarde se fueron rumbo a la playa, estacionaron cerca a un restaurante, y bajaron para ver el atardecer sentados en la playa, las familias se estaban retirando ya, y ellos se quedaron cada vez más solos, mudos, mirando el atardecer. De pronto ella le pregunto con soltura, ¿me amas? Y él sin mirarla le dijo, ¿lo dudas? Y ella reflexiono y se llevo la mano al pecho mientras decía, no dudo esto, dudo esto, ahora hacia con una mano círculos, como queriendo dejar dentro de un circulo imaginario el mundo, y él reía, le dijo suave pero firmemente que recuerde siempre que la vida es como un espejo y si rompes ese espejo detrás existe otro, “porque detrás de un espejo siempre hay otro espejo” le dijo ella en voz baja, pero él insistió en lo importante de deshacerse de algunas imágenes que uno recibe para poder evolucionar, de romper algunos espejos le dijo mientras imito su gesto con la mano que intentaba en un circulo imaginario rodear el mundo. Yo no quiero deshacerme de esta imagen le dijo ella coqueta mientras lo abrazaba. El sol ya estaba a pocos minutos de desaparecer oculto detrás de la línea anaranjada que dibujaba el mar, el sol era un circulo rojo intenso, y un paisaje de colores rojizos, anaranjados y azules pasteles fascinantes decoraban el cielo.

En la vida uno tiene que aprender a jugar y jugársela, si no le apuestas a la vida, la vida no tendría sentido, no valdría nada, sabría a poco, comento él, sintiéndose orgulloso de estar allí, de vivir así, de jugarse la apuesta mayor junto al amor de su vida. ¿Pero si la vida te trata duro? Pregunto ella interesada, ¡mucho mejor!, exclamo él, porque si la vida te enseña los dientes quiere decir que le importas y te la va poner difícil para que le entres duro, saques lo mejor de ti, porque nunca olvides, amada mía, que lo nuestro es una bendición, un regalo precisado, único, que debemos aprender a cuidar, proteger, atesorar, decía él mientras jugaba a encontrar sus pies con los de ella por debajo de la arena.

De pronto sintió un ruido extraño, fuerte, un temblor empezó acompañado de unos ruidos lejanos, aterradores, ella lo miro desconcertada, llena de miedo, se pusieron rígidos, todo empezó a moverse más fuerte, todo a su alrededor empezó a derrumbarse, a volverse oscuro, fúnebre, él quiso abrazarla pero vino un sacudón que los movió de arriba abajo, que los empujo tan fuerte que los separo, cerro los ojos aterrado, queriendo gritar y no podía, cuando abrió los ojos bruscamente, mientras el movimiento tosco pasaba, el ruido se iba calmando, y por los parlantes se escucho una voz que decía “Señores pasajeros, bienvenidos a la ciudad de Tacna, a partir de este momento puede utilizar los celulares, la hora local…” miro a su izquierda y vio por la ventana el pequeño aeropuerto, miro a su derecha y se dio cuenta que estaba solo, era el único en la fila.

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