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Posts Tagged ‘morgan’

Queridos amigos, seguidores, lectores ocasionales, curiosos, despistados, cibernautas todos, es para mi un placer invitarlos al nuevo ciber espacio para este blog, desde la semana pasada puedes visitar directamente www.claudiologia.com donde encontraras todo lo que aquí esta publicado y donde se publicarán nuevos post de aquí en adelante

Agradecer su apoyo, comentarios, lectura y sugerencias, pues son ese conjunto de acciones los que me motivaron a seguir creciendo en este espacio!!

No tengo más que darte que mi gratitud, nos leemos pronto!

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Se sentó lentamente en el borde de su cama, se quedo con la mirada perdida en la pared, como si en ella estuviera la respuesta a alguna de sus preguntas, de pronto, llevo las manos a los bolsillos y busco un papel, el cual desplegó parsimoniosamente sobre sus rodillas, y volvió a leer:

“Hoy he soñado contigo. Hoy he soñado que ya no te quería. Que te veía a lo lejos y no quería verte más cerca. Pero te acercabas… me regalabas una de tus sonrisas tristes y resbalabas sobre mi brazo una de tus caricias lentas. Pero yo no sentía nada. Me mirabas, con esa dulzura melancólica que tienen tus ojos, pero ya no encontraba los míos reflejados en los tuyos. Ya no eras espejo. Ni abismo. Ni peligro. Ni conciencia. Ni deseo. Ni refugio…

Tu voz sonaba igual que el eco del olvido. Intermitente, disonante, lejana, como el rumor falso del mar en el fondo de una caracola, irreal y áspera. Me susurrabas al oído las mismas mentiras de siempre, las que siempre quise creer, pensando que de tanto repetirlas se convertirían en verdades. Pero ahora me sonaban a verdaderas mentiras y sabían como auténticas verdades.

Yo te hablaba siempre de mis sueños ¿Lo recuerdas? Tú decías que casi no soñabas. Le quitabas importancia a los míos. “Sólo son sueños… No hay que hacerles mucho caso” decías; y yo insistía. Te contaba lo reales que eran, te hablaba de los colores, de los lugares, de las palabras, de las sensaciones que soñaba. Y tú te reías diciendo: “cada vez son mas raros tus sueños…”

Hoy he soñado contigo. He soñado que te alejabas llorando cuando te decía que ya no te quería. Que no quería más tus caricias, ni tus sonrisas, ni tus miradas, ni tus abrazos. Que ya no te echaba de menos, ni quería estar a tu lado. Que en tu mundo de miedos te aferrabas a la soledad aunque el corazón te estuviera pidiendo a gritos salir de su oscuridad. Y yo te decía que ya no tengo miedos. Que ya no quiero soledades. Que ya no quiero, sencillamente… ”

Sentía la tibieza de una lagrima recorrer lentamente su mejilla, casi como queriendo acariciarla, y de pronto desprenderse para aterrizar en aquella hoja de papel, dejando una mancha de la fusión propia de una lagrima y tinta, mientras piensa que quizás esto sea lo ultimo él le escriba, lo ultimo que sepa de él…

De pronto, violentamente arruga el papel mientras se para, respira profundo, destruye uno a uno sus intenciones de remediar algo, y piensa que raro él, las cosas que sueña (bah!) … mientras se alejaba llorando.

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El último día que conversamos, no fue diferente a los demás, mejor dicho, fue extraordinariamente normal, el lugar siempre es indefinido, o como a veces dices; en donde menos lo crees, a la hora que no esperas, y con las respuestas exactas a tus preguntas incorrectas… ¡que genial es hablar contigo!

Aquel día, una duda rondaba por mi cabeza, pero antes de preguntar, quería disfrutar ese paseo por un soleado parque junto a ti. Aprecio tanto tu tiempo, que el simple hecho que te juntes conmigo a caminar y a compartir, es todo un honor. Unos árboles de eucalipto, que separaban la cancha de futbol del parque, impregnaban de ese olor fresco el ambiente y los olores activaron todos mis recuerdos de infancia. La gente que caminaba, jugaba, o simplemente conversaba sentada en el pasto me era familiar,  todos parecían reconocernos, pero nadie nos hablaba, simplemente nos sonreían como saludándonos.

Ese clima me encanta, quizás eran las 2 o 3 de la tarde. El sol calentaba, pero el viento frío refrescaba lo suficiente para hacer de esa caminata placentera. Cruzamos todo el campo a paso lento. Nos sentamos bajo un árbol junto a una acequia seca para seguir conversando. De pronto un silencio nos atrapó unos segundos y me dijiste: “¿Qué es aquello que me querías preguntar?”. No pude contener una sonrisa amigable ante tu pregunta, eres tan cortés como para preguntar, pese a que ya sabías exactamente mis preguntas. Asentí con la cabeza agradeciendo el gesto y nos reímos de nuestros pensamientos. De pronto, sin terminar de ordenar mis palabras, te dije: el tiempo… ¿cómo puedo controlar el tiempo? Y tu me devolviste enseguida una risa amigable, sonó un poco más gruesa, pero a su vez más amigable; tanto que me contagió al momento.


Yo sabía que mi pregunta no tenía sentido, ni razón; así que decidí explicar el por qué de mi interrogante. “Lo que sucede, te dije, es que últimamente me es muy curioso cómo pasa el tiempo, cómo se puede ir tan lento en un mal momento y cómo pasa tan rápido en otros. Cómo se pierde la noción del tiempo, por ejemplo junto a ella. Es como si todo sucediera a la misma vez en distinto tiempo, para algunos veloz, para otros muy lento, como si las horas se convirtieran en minutos cuando uno está… no sé, ¡viviendo!, más siento que pasa lento cuando uno está, por decirlo así, muriendo”.

No vi que gesto pusiste ante mi improvisada forma de ver el tiempo, pero si sé que nos quedamos en silencio mientras yo miraba el pasto y jugaba con él entre los dedos de mis manos. De pronto, después de exhalar una gran bocanada de aire dijiste con firmeza: “El tiempo no existe”. Esperé en silencio mientras inclinaba mi cabeza hacia ti, “El tiempo no existe”, volviste a sentenciar con una voz más protectora. “El tiempo es un invento humano, es una forma muy humana de intentar medir las cosas en espacios determinados. Si no dime tú ¿Qué es un año? ¿Un siglo? ¿Una hora?, ¿En realidad tu crees que al universo le interese una hora humana?”. “¿Y qué existe en vez del tiempo?” pregunté. “No es que exista un equivalente”, me dijiste cariñosamente, “El “tiempo” existe en tu vida, en tu corazón. Si no, dime tú, cómo te puedes explicar las falacias que vives; esos momentos de felicidad incalculable pasan tan y tan rápido que cuando te das cuenta han pasado horas; y en ese momento sientes que han pasado minutos. Pero, ¿no es acaso en ese espacio de horas, en que algunos momentos se vuelven eternos? ¿Cómo podríamos explicar eso?”. “Tienes razón!”, te dije riendo y tu continuaste explicando “Esos momentos inolvidables en tu vida, pasaron en un instante de tiempo que parecía más corto de lo que era, si lo mides en “tiempo”. Pero ¿te has dado el trabajo de medir cuánto “tiempo” te duran esos momentos mágicos, inolvidables?”…  “Hasta ahora no se han ido y los puedo re vivir una y otra vez”, te dije. “¡Correcto! Me ¿entiendes ahora?” me preguntaste interesado, y los dos a la vez dijimos, “El tiempo no existe”.

Finalmente todos controlamos nuestro tiempo, lo adaptamos y lo aceptamos según la circunstancia, según el momento, pero nos han enseñado a adaptarlo a un esquema, a una medida, a guiarnos por un calendario y por un inagotable tic-tac. “Tu puedes hacer que un día dure dos”, me dijiste con voz suave pero firme, “es más, estoy seguro que ya lo has hecho hace poco. Un día puede pasar lo suficientemente entretenido que no vas  notar cuando se ocultó el sol ni por qué lo hizo, porque simplemente estás viviendo y vives en armonía con todos los actos naturales del mundo que te rodea. En la medida que vives, que sueñas, que piensas y claro, que no piensas, te darás cuenta que el tiempo no es una medida legal, que no has de poder medir tu vida en función a tu cuerpo ni a tus logros, si no más bien en función a tu ser, a tu alma, que dicho sea de paso, es al igual que yo, eterna. Dime tú ¿Crees que a la eternidad de tu alma le importe un par de horas humanas, cuando se ha llenado en ese par de horas humanas, de un recuerdo que lo acompañará a la eternidad?” “Tienes razón Dios” respondí.

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