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Mi capacidad de mentir a lo largo de estos años la catalogo de increíble, digna de un reconocimiento formal, que solo se produciría si estuviese dispuesto a decir la verdad, pero hay tantas verdades para contar, que ciertamente no creo acordármelas todas. Pero por supuesto que existen verdades memorables, y confesaré que me “muero” de ganas de contárselas siquiera a alguien. Lo gracioso es que, cuando he intentado contar alguna verdad, termino siendo catalogado como mentiroso.

Como cuando, hace muchos años atrás, supimos que nuestra bisabuela estaba muy grave, a escasas horas de morir. Los hijos, que eran 6, vivían repartidos entre el pueblo natal de mi bisabuela y la capital, tres en cada ciudad, a diez horas de distancia por carro, y a muchos dólares por avión. El dilema se presentó cuando la familia empezó a decidir donde debería morir nuestra querida bisabuela; si en la capital, donde vivía junto a sus tres últimos hijos (más por su enfermedad que por convicción propia), o en su pueblo natal, donde aun vivían sus tres primeros hijos. La discusión se tornó molesta y entraron a tallar no solo los hijos, sino también los hermanos, sobrinos y alguno que otro vecino acomedido. Finalmente se decidió que sería en el pueblo natal, y el mayor de los hijos iría en su camioneta a recogerla a la capital. La familia no acumulaba grandes fortunas, por lo que trasladarla en avión sería complicado, más aún si la señora estaba tan grave.

Y así fue como mi tío partió rumbo a la capital un viernes por la tarde, esperando llegar al amanecer y preparar el viaje para estar de vuelta el día lunes. Al llegar se dio con la triste sorpresa, de que su abuela, mi bisabuela, había muerto hacía menos de una hora.

Las primeras dos horas, los llantos y lamentos inundaron la casa, y solo tras un largo silencio, alguien atinó a elevar la voz para comunicar que en ese momento empezarían los trámites de defunción. Nuevamente se había desatado el debate, pues la mitad de la familia más uno, había acordado que se le trasladaría a su pueblo para que pase los últimos días; y la otra mitad, menos uno, defendía que, el que ya hubiese muerto en la capital, suponía un entierro en esta ciudad. La discusión duró horas, hasta que finalmente la mayoría acordó en que debería estar sepultada en el pueblo natal; pues, entre otras cosas, era uno de sus deseos.

La prioridad, entonces, era llevarla de regreso. Ya estaba entrando la noche y aprovechando que la camioneta de mi tío estaba equipada para trasladarla, decidieron llevarla ahí, cubierta; intentando no levantar sospecha, hasta el pueblo natal y hacer de cuenta que había muerto allá. Era necesario no hacer ningún tipo de trámite pues delataría el intento de movilizar un muerto, y según supe, o mejor dicho, según entendí años después, es un engorroso trámite burocrático en la municipalidad.

Decidido todo y entre lágrimas, partiríamos con rumbo a nuestro pueblo esa misma noche, mi tío al volante, mi padre, mi madre y yo – con apenas 10 años de edad –  los acompañaríamos; y claro, la bisabuela en la parte de atrás.

El viaje empezó a hacerse largo, todos iban en silencio y éste se interrumpía de tiempo en tiempo, con algún sollozo de mi madre, de mi padre, de mi tío, e incluso mío. Yo recuerdo haber estado mudo, pues entenderán que a mi edad, sentía miedo de que a mis espaldas viajara un muerto, por más bisabuelita linda que sea.

Pasando el penúltimo pueblo antes de nuestro destino final, mi tío al volante anunció que tenía hambre y que aprovecháramos que a los alrededores no había gente, para detenernos a comer en un restaurante. Y así lo hicimos, comimos y bebimos como se suele hacer en un restaurante de carretera: abundantemente y con una sazón especial. El sentirme satisfecho por la comida, me hizo dar sueño y pensé que el resto del viaje lo pasaría durmiendo. Cuando salimos del restaurante todos nos quedamos mudos, nadie dijo nada y todos nos vimos con gestos interrogantes. Mi tío fue le primero en correr hacia un extremo, mi madre me abrazo y mi papá dando un paso al frente exclamó: “¡Mierda! ¡Se robaron la camioneta  carajo!”.

Cada vez que me acuerdo de ese momento me da mucha risa. Me imagino la cara de los tipos que hurtaron la camioneta, cuando en algún momento pararan a ver su botín, aquella gran alforja entre nuestros equipajes, y al descubrirla encontraran a una ancianita muerta. No pude aguantar la risa al pensar eso frente al restaurante, pero una de esas miraditas que mi madre solía darme fue suficiente para que me callara.

Luego del desconcierto que nos dejaron en una esta de estupefacción total (a nosotros y a los ladrones seguramente) decidimos a  la mañana siguiente en casa de mi tío hacer un pacto solemne, juramos en nombre de todo lo que se les ocurrió (sobre todo en nombre de mi bisabuelita) que nadie contaría lo que había sucedido a nadie por ningún motivo. El cajón que estaba listo, lo llenaron con un costal de arena y lo cerraron para velarlo. Por supuesto el velorio fue rápido y el entierro más aun. Pasaron desapercibidas una serie de detalles, entre el dolor de la familia, que acompañó al costal de arena – que hacía de bisabuela – hasta su morada final.

Han pasado varios años ya. La mayor parte de la familia y de los testigos del hecho ha muerto, dejándome prácticamente como único testigo de tan tonta, increíble, denigrante y chistosa, historia. Nunca apareció la camioneta y menos la bisabuela. Tampoco me han creído al contarla, pues a cuanto familiar le intente contar la historia lo único que he recibido ha sido un palmazo en la cabeza, seguido de un enérgico “No se juega con la memoria de tu bisabuela”.

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Mi historia de Navidad

Mi Mamá por alguna extraña razón, que desconozco, siempre en su nacimiento navideño tiene 3 niños Jesús, me parece que uno es propio del nacimiento “arequipeño” que usamos, otro es uno muy antiguo que supongo conservara por cariño y la historia que lleva consigo mismo, y otro es una figura mucho más grande, este ultimo me parece que fue un regalo, de todas formas hoy preguntaré el origen de estos 3 niños. Lo interesante fue que esta semana mi mama descubrió algo interesante en el calendario, esto:

En el día 25 dice: “Navidad de Jesús, Sergio, Claudio”. Sorprendentemente es el nombre de mi Hermano (Sergio) y el mío (Claudio). Para descartar si era solo una coincidencia fue en busca de otro calendario como este y se encontró con lo mismo. Yo he intentado buscar calendarios parecidos en otros lados pero normalmente no hacen referencia la mayoría a los nombres, algunos pocos solo a las fechas especiales, por lo cual fue complicado compararlo.

Que extraña y divertida coincidencia!!!, hoy, según el calendario, es el día de Jesús, Sergio y Claudio, así que tengo un motivo distinto (adicional) para celebrar navidad.

Dicho sea de paso, en los últimos años el espíritu navideño se fue pediendo poco a poco, quisiera vivir nuevamente esas épocas donde rezaba a media noche, cantaba villancicos y realmente creía en Papa Noel, y si que creía, me sacaban al balcón en las noches del 24 y me decían mira!, mira! allí – señalando con el dedo hacia las estrellas – allí va, en su trineo, mira mira!, y yo ilusionadísimo mirando al cielo, lo ves? Lo ves? – Me preguntaban – y yo, si claro, si! si lo veo!, y lo crean o no, recuerdo que alguna vez lo vi.

No recuerdo tener tanta expectativa sobre lo que recibiría en navidad, pedía cosas inverosímiles a Papa Noel (según me cuenta mi mamá) y cuando el me traia un regalo distinto al que pedía siempre venia acompañado de una carta disculpándose y explicando que ya se había agotado lo que quería, o algo así (grande Papa Noel!!), igual ese solo hecho, me reconfortaba y era feliz con mi regalo.

Pero eso si, me encantaba la fecha, los olores típicos de estos días, el solo hecho que se acerque diciembre, que en casa se armara el árbol de navidad y nosotros verlo, porque de niños podíamos solo ver, porque podíamos ser “toscos” y romper los delicados adornos que existían hace años, o el nacimiento, o la vajilla.

Disfrutaba tanto la navidad, sobre todo cuando podíamos viajar a Lima para pasarla con mis tíos y con mis primos, o mis primos podían ir a Arequipa era lo máximo, no importaba si tenia uno o mil regalos, lo que importaba era la emoción de compartir con la familia (que dicho sea de paso prácticamente no nos veíamos el resto del año) recibir un regalito, y comer…mmm… esas ensaladas, el panteón, y el pavo que duran hasta enero.

No recuerdo en que punto exacto fue que descubrimos que Papa Noel no existía, que era un montaje año tras año de mi madre y mi abuelo. Tampoco estaba consiente de que cada año las navidades éramos cada vez menos, quizá sin querer hemos aceptado que la partida de quienes hemos amado se lleven un poco de nuestra inocencia y espíritu navideño, o quizá también hemos permitido que al crecer el peso de los años dejen sepultado ese espíritu.

Pero algo si sé (es más fácil decirlo que hacerlo), la felicidad es una decisión y como tal uno puede decidir ser feliz en estas fechas, claro, darle un espacio a la nostalgia no esta mal, pero si hay motivos para vivir feliz, piensa esto: cada 60 segundos que tú pases enojado, angustiado o mal, es un minuto de alegría que no volverá. Mira en la noche a tu alrededor y celebra con quienes aun estamos aquí (en este mundo) y permite que ese niño nazca en el corazón de cada uno y nos permita recordar el verdadero propósito de esta fiesta.

Feliz Navidad, llena de bendiciones para ti y tu familia, son realmente mis mejores deseos

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